SERMONES DE JUAN WESLEY - Tomo 1 - Sermón II - El casi cristiano SERMONES de WESLEY
A pesar de que hace más de 250 años que Juan Wesley predicó este sermón, todavía conserva la misma fuerza y eficacia que cuando Dios se lo inspiró. El mismo efecto que produjo en la conciencia de los cristianos nominales de las religiones de su época, puede producir en nosotros y llevarnos a reflexionar respecto a nuestro cristianismo.Es común hoy, como entonces que todo el mundo tenga sus particulares opiniones de lo que es el cristianismo. Por lo general no son más que eso: simples opiniones que carecen de sustento bíblico. Para unos, ser cristiano es tan simple como "aceptar a Cristo". Habrá quien enfatice el tratar de mejorar la calidad moral de vida. Otros impondrán una serie de requisitos inalcanzables y absurdos, dando importancia a lo que no tiene e ignorando la esencia del cristianismo.El estándar de auténtico cristianismo que Wesley menciona es real: bíblico. Lo único aceptable por el Señor Jesucristo. Menos que eso es sólo religión sin alma; formas sin vida. Mero intentar ser cristiano en las propias fuerzas sin la consagración y el amor necesarios y sin la gracia de Cristo obrando efectivamente a favor de uno.Amigo: ¿Está usted viviendo en el único estándar aceptable? Es más; ¿Cuántos conoce que lleven esta calidad de vida?.Oramos a Dios para que por medio de este escrito el cristianismo sea reivindicado a la altura y dignidad que merece nuestro Señor Jesucristo. Amén. Arriba
Sermón II - El casi cristiano
Sermón III - Despiértate tu que
duermes
  
CARTAS de WESLEY
Sobre la Depresión
Nerviosa
SOBRE WESLEY
 ¿Cómo Dios cambió la iglesia
a través de Wesley?
 Historia de la vida de Juan
Wesley
 Wesley: Salvando a una
nación entera
ESPIRITUALIDAD - AMOR DIVINO
Vivir en contacto con el Espíritu divino nos permite ver la luz del amor en todos los seres humanos. Esa luz es una fuerza vital capaz de traernos la resurrección.
SERMONES DE JUAN WESLEY - Tomo 1 - Sermón II - El casi cristiano

Existen muchas almas que hasta este punto llegan: pues desde que se estableció en el mundo la religión cristiana, ha habido un sinnúmero, en todas épocas y de todas nacionali­dades, que casi se han decidido a ser cristianos. Mas viendo que de nada vale ante la presencia de Dios, el llegar tan só­lo hasta este punto, es de la mayor importancia que conside­remos:

Primero, lo que significa ser casi cristiano.

Segundo, lo que es ser cristiano por completo.

1. (I). 1. El ser casi cristiano quiere decir: en primer lugar, la práctica de la justicia pagana; y no creo que ninguno ponga en duda mi aserción, supuesto que la justicia pagana abraza no sólo los preceptos de sus filósofos, sino también esa rectitud que los paganos esperan unos de otros y que muchos de ellos practican. Sus maestros les enseñan: que no deben ser injustos ni tomar lo que no les pertenece sin el consentimien­to de su dueño; que a los pobres no se debe oprimir ni hacer extorsión a ninguno; que en cualquier comercio que tengan con ellos, no se ha de engañar ni defraudar a ricos ni a pobres; que no priven a nadie de sus derechos y si fuere posible, que nada deban a ninguno.

2. Más aún: la mayoría de los paganos reconocían la ne­cesidad de rendir tributo a la verdad y a la justicia y aborre­cían, por consiguiente, no sólo al que juraba en falso, ponien­do a Dios por testigo de una mentira, sino también al que acusaba falsamente a su prójimo calumniándolo. En verdad que no tenían sino desprecio para los mentirosos de todas clases, considerándolos como la deshonra del género humano y la peste de la sociedad.

3. Además: esperaban unos de otros cierta caridad y misericordia; cualquier ayuda que se pudieran prestar sin de­trimento propio. Practicaban esta benevolencia, no sólo al prestar esos pequeños servicios humanitarios que no causan al que los hace gusto ni molestias, sino también alimentando a los hambrientos; vistiendo a los desnudos con la ropa que les sobraba, y en general, dando a los necesitados lo que no les hacía falta. Hasta tal punto llegaba la justicia de los paga­nos; justicia que también poseen los que casi son cristianos.

(II). 4. La segunda cualidad del que casi es cristiano, es que tiene la apariencia de piedad, de esa piedad que se menciona en el Evangelio de Jesucristo, que tiene las señales exteriores de un verdadero cristiano. Por consiguiente, los que casi son cristianos no hacen nada de lo que el Evangelio prohíbe: no toman el nombre de Dios en vano; bendicen y no maldicen; no juran jamás, sino que sus contestaciones son siempre: sí, sí; no, no; no profanan el día del Señor ni permi­ten que nadie lo profane, ni aun el extranjero que está den­tro de sus puertas; evitan no sólo todo acto de adulterio, for­nicación e impureza, sino aun las palabras y miradas que tienden a pecar de esa manera; más aún toda palabra ociosa, toda clase de difamación, crítica, murmuración, “palabras torpes o truhanerías,” e?t?ape??a, cierta virtud entre los mora­listas paganos; en una palabra, se abstienen de toda clase de conversación que no “sea buena para edificación” y que por consiguiente, contrista “al Espíritu Santo de Dios con el cual estáis sellados para el día de redención.”

5. Se abstienen de beber vino, de fiestas y glotonerías, y evitan hasta donde les es posible, toda clase de contención y disputas; procurando vivir en paz con todos los hombres. Si se les hace alguna injusticia, no se vengan ni devuelven mal por mal. No injurian, no se burlan ni se mofan de sus prójimos por razón de sus debilidades. Voluntariamente no lastiman, ni afligen, ni oprimen a nadie, sino que en todo ha­blan y obran conforme a la regla: “Todas las cosas que qui­sierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”

6. En la práctica de la benevolencia, no se limitan a obras fáciles y que cuestan poco esfuerzo, sino que trabajan y sufren en bien de muchos, a fin de proteger eficazmente a unos cuantos por lo menos. A pesar de los trabajos y las penas todo lo que les viene a la mano lo hacen según sus fuerzas, ya sea en favor de sus amigos o ya de sus enemigos; de los buenos o de los malos, porque no siendo “perezosos” en este o en cualquier otro “deber,” hacen toda clase de bien, según tienen oportunidad, a “todos los hombres;” a sus almas lo mismo que a sus cuerpos. Reprenden a los malos, instruyen a los ignorantes, fortifican a los débiles, animan a los buenos y consuelan a los afligidos. A los que duermen espiritualmen­te procuran despertar, y guiar a aquellos a quienes Dios ya ha movido, al “manantial abierto...para el pecado y la in­mundicia,” a fin de que se laven y queden limpios; amones­tando también a los que ya son salvos por la fe a honrar en todo el Evangelio de Cristo.

7. El que tiene la forma de la santidad usa también de los medios de gracia, de todos ellos y siempre que hay la oportunidad. Con frecuencia asiste a la casa de Dios y no co­mo algunos, quienes se presentan ante el Altísimo cargados de cosas de oro y joyería, mostrando vanidad en el vestido y, ya sea por sus mutuas atenciones, impropias de la ocasión, o su impertinente frivolidad, demuestran que no tienen la for­ma ni el poder de la santidad. Pluguiese a Dios que no hu­biera entre nosotros algunas personas de esta clase, que en­tran al templo mirando por todas partes y con todas las se­ñales de indiferencia y descuido; si bien algunas veces pa­rece que piden la bendición de Dios sobre lo que van a hacer; quienes durante el culto solemne se duermen o toman la pos­tura más cómoda posible, o conversan y miran para todas partes, como si no tuvieran nada serio que hacer y Dios es­tuviese durmiendo. Estos no tienen ni la forma de piedad; el que la posee, se porta con seriedad y presta atención a todas y cada una de las partes del solemne culto; muy especialmente al acercarse a la mesa del Señor, no lo hace liviana o descui­dadamente, sino con tal aire, modales y comportamiento, que parece decir: “Señor, ten misericordia de mí, pecador.”

8. Si a todo esto se añade la práctica de la oración con la familia, que acostumbraban los jefes del hogar y el consa­grar ciertos momentos del día a la comunión con Dios en lo privado, observando una conducta irreprochable, tendremos una idea completa de aquellos que practican la religión exte­riormente y tienen la forma de piedad. Sólo una cosa les fal­ta para ser casi cristianos: la sinceridad.

(III). 9. Sinceridad quiere decir un principio real, inte­rior y verdadero de religión, del cual emanan todas estas ac­ciones exteriores. Y a la verdad que si carecemos de este prin­cipio, no tenemos la justicia de los paganos, ni siquiera la suficiente para satisfacer las exigencias del poeta epicúreo. Aun ese mentecato en sus momentos sobrios, decía:

Oderunt pecare boni, virtutis amore;

Oderunt pecare mali, formidini pœnœ.

“Por amor a la virtud dejan de pecar los buenos; mas los malos por temor del castigo.”

De manera que si un hombre deja de hacer lo malo, sim­plemente por no incurrir en las penas, no hace ninguna gra­cia. “No te ajusticiarán.” “No alimentarás a los cuervos col­gado de un madero,” dijo el pagano y en esto recibe su única recompensa. Pero ni aun según la opinión de ese poeta es un hombre inofensivo como este, tan bueno como los paganos rectos. Por consiguiente, no podemos decir con verdad de una persona, quien, guiada por el móvil de evitar el castigo, la pérdida de sus amistades, sus ganancias o reputación, se abs­tiene de hacer lo malo y practica lo bueno, y usa de todos los medios de gracia, que casi es cristiana. Si no tiene mejores intenciones en su corazón, es un hipócrita.

10. Se necesita, por lo tanto, de la sinceridad para este estado de casi ser cristiano; una intención decidida de servir a Dios y un deseo firme de hacer su voluntad. Significa el deseo sincero que el hombre tiene de agradar a Dios en to­das las cosas; con sus palabras, sus acciones, en todo lo que hace y deja de hacer. Este propósito del hombre que casi es cristiano, afecta todo el tenor de su vida; es el principio que lo impulsa a practicar el bien, abstenerse de hacer lo malo y a usar los medios que Dios ha instituido.

11. En este punto, probablemente pregunten algunos: “¿Es posible que un hombre pueda ir tan lejos y, sin embar­go, no ser más que casi cristiano?” “¿Qué otra cosa además se necesita para ser cristiano por completo?” En contestación diré: que según los oráculos sagrados de Dios y el testimonio de la experiencia, es muy posible avanzar hasta tal punto y sin embargo, no ser más que un casi cristiano.

12. Hermanos, grande “es la confianza con que os ha­blo.” “Perdonadme esta injuria” si declaro mi locura desde los techos de las casas para vuestro bien y el del Evangelio. Permitidme pues, que hable con toda franqueza de mí mismo, como si hablase de otro hombre cualquiera; estoy dispuesto a humillarme para ser después exaltado; y a ser todavía más vil para que Dios sea glorificado.

13. Durante largo tiempo y como muchos de vosotros podéis testificar, no llegué sino hasta este punto; si bien usa­ba de toda diligencia para desterrar lo malo y tener una con­ciencia libre de toda culpa; “redimiendo el tiempo;” me apro­vechaba de todas las oportunidades que se presentaban de ha­cer bien a los hombres; usaba constante y esmeradamente de todos los medios de gracia tanto públicos como privados; pro­curaba observar la mejor conducta posible en todos lugares y toda hora y, Dios es mi testigo, hacía yo todo esto con la mayor sinceridad puesto que tenía vivos deseos de servir al Señor y resolución firme de hacer su voluntad en todo; de agradar a Aquel que se había dignado llamarme a pelear “la buena batalla” y a echar mano de la vida eterna; sin embargo, mi conciencia me dice, movida por el Espíritu Santo, que durante todo ese tiempo yo no era más que un casi cristiano.

II. Si se pregunta: ¿qué otra cosa además de todo esto significa el ser cristiano por completo? contestaré:

(I). 1. En primer lugar, el amor de Dios quien así dice en su Santa Palabra: “Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas.” Ese amor que llena el corazón, que se posesio­na de todos los afectos y desarrolla las facultades del alma, empleándolas en toda su plenitud. El espíritu de aquel que de esta manera ama al Señor, de continuo se regocija en Dios su Salvador; su deleite está en el Señor a quien en todas las cosas da gracias; todos sus deseos son de Dios y permanece en él la memoria de su nombre; su corazón a menudo ex­clama: “¿A quién tengo yo en los cielos?” “Y fuera de ti na­da deseo en la tierra.” Y ciertamente, ¿qué otra cosa puede de­sear además de Dios? A la verdad que no el mundo ni las cosas del mundo: porque está crucificado al mundo y el mundo a él; “ha crucificado la carne con los afectos y concupiscencias;” más aún, está muerto a toda clase de soberbia porque “la ca­ridad...no se ensancha;” sino que por el contrario, como el que vive en el amor, así “vive en Dios, y Dios en él” y se con­sidera a sí mismo menos que nada.

(II). 2. En segundo lugar, otra de las señales del ver­dadero cristiano, es el amor que profesa a sus semejantes, pues que el Señor ha dicho: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Si alguno preguntase: “¿Quién es mi prójimo?” le contestaríamos: todos los hombres del mundo, todas y cada una de las criaturas de Aquel que es el Padre de los espíritus de toda carne. No debemos exceptuar a nuestros enemigos ni a los enemigos de Dios y de sus propias almas, sino que los debemos amar como a nosotros mismos, como “Cristo nos amó a nosotros;” y el que quiera comprender mejor esta cla­se de caridad, que medite sobre la descripción que Pablo da de ella. “Es sufrida, es benigna;...no tiene envidia” no juzga con ligereza; “no se ensancha,” sino que convierte al que ama en humilde siervo de todos. El amor “no hace sinrazón…no busca lo suyo sino sólo el bien de los demás y que to­dos sean salvos; “no se irrita,” sino que desecha la ira que sólo existe en quien no ama; “no se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, to­do lo espera.”

(III). 3. Aún hay otro requisito para ser verdadera­mente cristiano, que pudiera considerarse por separado, si bien no es distinto de los anteriores, sino al contrario, la ba­se de todos ellos es: la fe. Excelentes cosas se dicen de esta virtud en los Oráculos de Dios. “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios,” dijo el discípulo ama­do. “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser he­chos hijos de Dios, a los que creen en su nombre.” “Y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.” El Señor mismo declara que: “El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.”

4. Nadie se engañe a sí mismo. “Necesario es ver clara­mente que la fe que no produce arrepentimiento, amor y bue­nas obras, no es la viva y verdadera, sino que está muerta y es diabólica; porque aun los demonios mismos creen que Je­sucristo nació de una virgen; que hizo muchos milagros y de­claró ser el Hijo de Dios; que sufrió una muerte penosísima por nuestras culpas y para redimirnos de la muerte eternal; que al tercer día resucitó de entre los muertos; que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre y que el día del juicio vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muer­tos. Estos artículos de nuestra fe y todo lo que está escrito en el Antiguo y Nuevo Testamentos, los demonios creen firme­mente, y sin embargo, permanecen en su estado de condena­ción porque les falta esta verdadera fe cristiana.”[2]

5. “Consiste la verdadera y única fe cristiana,” usando el lenguaje de nuestra Iglesia, “no sólo en aceptar las Sagra­das Escrituras y los Artículos de nuestra fe, sino en tener una plena seguridad y completa certeza de que Cristo nos ha sal­vado de la muerte eterna. Es una confianza firme y una certidumbre inalterable de que Dios nos ha perdonado nuestros pecados por los méritos de Cristo, y de que nos hemos recon­ciliado con El; lo que inspira amor en nuestros corazones y la obediencia de sus santos mandamientos.”

6. Ahora bien, todo aquel que tenga esta fe “que puri­fica el corazón” (por medio del poder de Dios que reside en él) de la soberbia, la ira, de los deseos impuros, “de toda maldad,” “de toda inmundicia de carne y de espíritu;” y por otra parte lo llena con un amor hacia Dios y sus semejantes, más poderoso que la misma muerte, amor que lo impulsa a hacer las obras de Dios; a gastar y gastarse a sí mismo traba­jando en bien de todos los hombres; que sufre con gozo los reproches por causa de Cristo, el que se burlen de él, lo des­precien, que todos lo aborrezcan, más aún, todo lo que Dios en su sabiduría permite que la malicia de los hombres o los demonios inflijan sobre él; cualquiera que tenga esta fe y tra­baje impulsando por este amor, es no solamente casi, sino cris­tiano por completo.

7. Mas ¿dónde están los testigos vivientes de todas estas cosas? Os ruego, hermanos, en la presencia de ese Dios ante quien están “el infierno y la perdición... ¿cuánto más los corazones de los hombres?” que os preguntéis cada uno en vuestro corazón: ¿Pertenezco a ese número? ¿Soy recto, misericordioso y amante de la verdad, siquiera como los me­jores paganos? Si así es, ¿tengo solamente la forma exterior del cristiano? ¿Me abstengo de hacer lo malo, de todo lo que la Palabra de Dios prohíbe? ¿Hago con todas mis fuerzas to­do lo que me viene a la mano por hacer? ¿Uso de los medios instituidos por Dios siempre que se ofrece la oportunidad? ¿Y hago todo esto con el deseo sincero de agradar a Dios en todas las cosas?

8. ¿No tenéis muchos de vosotros la conciencia de encon­traros muy lejos de ese estado de mente y corazón; de que ni siquiera estáis próximos a ser cristianos; de que no llegáis a la altura de la rectitud de los paganos; de que ni aun tenéis la forma de la santidad cristiana? Pues mucho menos ha en­contrado Dios sinceridad en vosotros, el verdadero deseo de agradarle en todas las cosas. No habéis tenido ni la intención de consagrar todas vuestras palabras y obras, vuestros nego­cios y estudios, vuestras diversiones a su gloria. No habéis determinado ni siquiera deseado, hacer todo “en el nombre del Señor Jesús” y ofrecerlo todo como un sacrificio espiri­tual, agradable a Dios por Jesucristo.

9. Mas suponiendo que hayáis determinado y decidido hacerlo, ¿será bastante el hacer propósitos y el tener buenos deseos, para ser un verdadero cristiano? En ninguna mane­ra. De nada sirven los buenos propósitos y las sanas determi­naciones a no ser que se pongan en práctica. Bien ha dicho al­guien que “el infierno está empedrado de buenas intenciones.” Queda por resolver la gran pregunta: ¿Está vuestro corazón lleno del amor de Dios? ¿Podéis exclamar con sinceridad: “¡Mi Dios y mi Todo!”? ¿Tenéis otro deseo además de poseer­lo en vuestro corazón? ¿Os sentís felices en el amor de Dios? ¿Tenéis en El vuestra gloria, vuestra delicia y regocijo? ¿Lle­váis impreso en vuestro corazón este mandamiento: “Que el que ama a Dios, ame también a su hermano”? ¿Amáis pues a vuestros semejantes como a vosotros mismos? ¿Amáis a todos los hombres, aun a vuestros enemigos y los enemigos de Dios, como a vuestra propia alma, como Cristo os amó a vosotros? ¿Creéis que Cristo os amó y se dio a sí mismo por vosotros? ¿Tenéis fe en su sangre? ¿Creéis que el Cordero de Dios ha “quitado” vuestros pecados y los ha tirado como una piedra en lo profundo del mar? ¿Creéis que ha raído la cédula que os era contraria, quitándola de en medio y enclavándola en la cruz? ¿Habéis obtenido la redención por medio de su san­gre, aun la remisión de vuestros pecados? Y por último, ¿da su Espíritu testimonio con vuestro espíritu de que sois hi­jos de Dios?

10. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que está en medio de nosotros, sabe que si algún hombre muere sin esta fe y sin este amor, mejor le fuera al tal hombre el no haber nacido. Despiértate, pues, tú que duermes e invoca a Dios; llámale ahora, en el día cuando se le puede encontrar; no le dejes descansar hasta que haga pasar todo “su bien de­lante de tu rostro,” hasta que te declare el nombre del Se­ñor “Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; que guarda la misericor­dia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado.” Que ningún hombre os engañe ni os detenga antes de que hayáis obtenido esto, sino al contrario clamad de día y de noche a Aquel que “cuando aun éramos flacos, a su tiempo murió por los impíos” hasta que sepáis en quién habéis creí­do y podáis decir: “¡Señor mío, y Dios mío!” orando sin cesar y sin desmayar hasta que podáis levantar vuestras manos ha­cia el cielo y decir al que vive por siempre jamás: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo.”

11. Pluga al Señor que todos los que aquí estamos reu­nidos sepamos no solamente lo que es ser casi cristianos, sino verdaderos y completos cristianos; estando gratuitamente jus­tificados por su gracia por medio de la redención que es en Jesús; sabiendo que tenemos paz con Dios por medio de Je­sucristo; regocijándonos con la esperanza de la gloria de Dios y teniendo el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado. Arriba

--------------------------------------------------------------------------------

[1] Predicado en la iglesia de Santa María, Oxford, ante aquella universidad el día 25 de julio de 1741. [2] Homilía sobre la salvación del hombre.

SERMONES DE JUAN WESLEY - Tomo 1 - Sermón III - Despiértate tu que duermes

Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Efesios 5: 14).

Al discurrir sobre este asunto, trataré, con el favor divi­no, en primer lugar: de describir a los que duermen y a quie­nes se dirigen las palabras del texto. Después, de dar vigor a la exhortación: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos,” y por último, de interpretar la promesa hecha a los que se despiertan y levantan: “Y te alumbrará Cristo.”

I. 1. En primer lugar, hablemos de aquellos que duer­men según el significado del texto. Con la palabra sueño se figura aquí el estado natural del hombre; esa somnolencia profunda del alma causada por el pecado de Adán y herencia de todos los que de él han descendido; esa pereza, indolencia, estupidez, esa ignorancia de su verdadero estado con que to­dos los hombres vienen al mundo y continúan hasta que la voz de Dios los despierta.

2. “Los que duermen, de noche duermen,” cuando la na­turaleza se encuentra en la más completa oscuridad; “puesto que tinieblas cubren la tierra y oscuridad los pueblos.” El pobre pecador, a quien no se ha despertado, no tiene, por mu­cha que sea su sabiduría en otras cosas, el menor conocimien­to de sí mismo, y en este respecto “aún no sabe nada como de­be saber;” ignora que es un espíritu caído, cuyo fin exclusivo en este mundo es recuperarse de su caída y volver a obtener la imagen de Dios en cuya semejanza fue creado. No ve la necesidad ni aquello que es indispensable: ese cambio com­pleto e interior, ese renacimiento, figurado en el bautismo, que es el principio de esa renovación radical, de esa santifica­ción del espíritu, alma y cuerpo sin la cual “nadie verá al Señor.”

3. Plagado de enfermedades, imagínase estar en perfec­ta salud; encadenado fuertemente con hierros y en la miseria, sueña gozar de libertad y exclama: “paz, paz,” al mismo tiem­po que el diablo, como “un hombre fuerte, armado,” está en plena posesión de su alma. Continúa durmiendo y descansan­do a la par que el infierno se mueve debajo de él para atra­parlo; aunque el abismo, de donde jamás se vuelve, ha abierto la boca para tragarlo. Fuego encendido hay en derredor suyo, y sin embargo, no lo sabe; aunque llega a quemarlo, no se cuida de ello.

4. El “que duerme” es por consiguiente (pluguiese a Dios que todos lo entendiésemos bien) un pecador satisfecho en sus pecados, que desea permanecer en su estado caído y vivir y morir sin la imagen de Dios; que no conoce su enfer­medad ni sabe cuál es su único remedio; que nunca ha sido amonestado o no ha querido escuchar la amonestación de Dios que le dice: “huye de la ira que ha de venir;” y quien jamás se ha persuadido de que está en peligro del infierno ni ha gritado con toda la ansiedad de su alma: ¿Qué debo hacer para ser salvo?

5. Si este que duerme no es abiertamente vicioso, tiene por lo general el sueño más profundo; ya sea como el espíri­tu de Laodicea, ni frío ni caliente—quieto, racional, inofensivo, amable, fiel a la religión de sus padres—, o ya celoso y orto­doxo, fariseo, “conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión,” es decir, uno que, según la descripción de las Sa­gradas Escrituras, se justifica a sí mismo, trabaja por estable­cer su propia justicia como la base para ser aceptado por Dios.

6. Este es aquel que “teniendo apariencia de piedad” ha negado la eficacia de ella, y que probablemente la envilece dondequiera que la encuentra como si fuese una extravagan­cia o ilusión. Este desgraciado a sí mismo se engaña y da gracias a Dios porque no es como los demás hombres: “la­drones, injustos, adúlteros,” ni a nadie hace mal; al contra­rio, ayuna dos veces por semana, usa de todos los medios de gracia, asiste constantemente a la iglesia y frecuenta los sa­cramentos. Más aún, da diezmos de todo lo que posee, hace “todo el bien que puede;” tocante a la justicia de la ley, está limpio; no le falta de la santidad sino el poder; nada de la re­ligión, sino el espíritu y el cristianismo, la verdad y la vida.

7. Empero, ¿no sabéis que un cristiano como éste, por muy estimado que sea de los hombres, ante la presencia de Dios es abominación y heredero de todos los males que el Hijo de Dios, ayer, hoy y para siempre anuncia en contra de los “escribas y fariseos, hipócritas”? Lo de afuera ha limpia­do, mas por dentro está lleno de podredumbre; “cosa pes­tilencial de él se ha apoderado.” Justamente nuestro Señor a un “sepulcro blanqueado” lo compara, que de fuera, a la verdad, se muestra hermoso, mas de dentro está lleno de hue­sos de muertos y de toda suciedad; huesos, que a la verdad, ya no están secos; nervios y carne han subido sobre ellos y la piel los ha cubierto; mas no hay aliento en ellos, ni tienen el Espíritu del Dios viviente. “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.” Vosotros sois de Cristo, “si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros;” pero si no, sabe Dios que vivís en la muerte aun ahora mismo.

8. Otra característica del que duerme, es que habita en la muerte y no lo sabe. Está muerto para con Dios, muerto en sus delitos y pecados, “porque la intención de la carne es muerte.” Como está escrito: “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte;” no solamente la muer­te física, sino la espiritual y eterna. “Mas del árbol de cien­cia del bien y del mal, no comerás de él; porque el día que de el comieres, morirás,” dijo Dios a Adán, y esta no era la muer­te del cuerpo (a no ser que en ese momento perdiese la in­mortalidad material), sino del espíritu; perderás la vida del alma; morirás para con Dios; quedarás separado de Aquel que es la esencia de tu vida y felicidad.

9. De esta manera se disolvió la unión vital de nuestra alma con Dios; de modo que “en medio de la vida” natural, estamos “en la muerte” espiritual en la que permaneceremos hasta que el segundo Adán nos vivifique con su Espíritu; has­ta que El levante a los muertos; muertos en pecado, en los pla­ceres, en las riquezas y honores. Para que un alma muerta pueda resucitar, es menester que escuche la voz del Hijo de Dios, que comprenda lo desesperado de su condición y reciba ella misma la sentencia de su muerte. Sabe que está muerta mientras vive, muerta para con Dios y todas las cosas de Dios, sin tener más poder de cumplir con las obligaciones de un verdadero cristiano, del que un cuerpo muerto tiene de eje­cutar las funciones del hombre vivo.

10. Y qué cierto es del que está muerto en pecados que no tiene “los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal;” puesto que teniendo ojos, no ve; teniendo orejas, no oye; ni gusta y ve que es bueno Jehová. No ha visto a Dios jamás, oído su voz ni palpado “tocante al Verbo de vi­da.” En vano se ha derramado para él el nombre de Jesús como ungüento que exhala aromas de mirra, áloe, y casia. El alma que duerme el sueño de la muerte no percibe estas co­sas; ha perdido el sentido de la conciencia y nada de esto en­tiende.

11. De aquí es que, no teniendo el sentido espiritual ni la facultad de recibir las cosas espirituales, el hombre natu­ral no acepta las cosas del Espíritu de Dios y tan lejos está de poderlas admitir, que más bien le parecen locura. No le satisface ignorar las cosas espirituales por experiencia pro­pia, sino que niega aun que existan y la sensación espiritual es para él la mayor locura. “¿Cómo puede ser esto?” De la misma manera que sabéis que vuestros cuerpos están vivos. La fe es la vida del alma y si tenéis esta vida en vosotros, no ne­cesitáis más pruebas para satisfaceros de esa conciencia di­vina, este testimonio de Dios que es mayor y vale más que diez mil testigos humanos.

12. Si en la actualidad no das testimonio con tu espíritu de que eres hijo de Dios, quiera el Señor persuadirte por me­dio de su poder, ¡oh pobre pecador que aún duermes!, de que eres una criatura del diablo. Ojalá y mientras profetizo viniese un ruido y temblor y los huesos se llegasen “cada hueso a su hueso.” “Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre es­tos muertos, y vivirán.” No endurezcáis vuestros corazones ni resistáis al Espíritu Santo que ahora mismo procura persuadiros de que sois pecadores, puesto que no creéis en el Uni­génito de Dios.

II. 1. Por consiguiente, “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos.” El Señor te está llamando por mi boca y te exhorta a conocerte a ti mismo, espíritu caído, y tu verdadero estado y condición. ¿Qué tienes, dormilón? levántate y clama a tu Dios. Levántate y clama a tu Dios— quizá El tendrá compasión de ti y no perecerás. Una gran tempestad se levanta en tu derredor y te estás sumergiendo en las profundidades de la perdición, en el océano de los jui­cios divinos. Si quieres escapar de ellos, arrójate en ellos; “júzgate a ti mismo, para que el Señor no te juzgue.”

2. ¡Despiértate, despiértate! Levántate ahora mismo, no sea que tomes de la mano de Jehová el vaso del vino de su furor. Anímate y tómate del Señor, el Señor de la Justicia, grande para salvar.” “Sacúdete del polvo” o al menos déjate sacudir por el temblor de los juicios del Señor. Despiértate Y grita con el carcelero: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?” y no descanses hasta que creas en el Señor Jesús con la fe que es su don por influencia del Espíritu Santo.

3. Si a alguno me dirijo más especialmente que a otros, es a ti ¡oh alma! que no te crees aludida en esta exhortación. Tengo un mensaje de Dios para ti y en su nombre te amo­nesto a que huyas de “la ira que vendrá.” Mira, pues, tu re­trato, oh alma indigna, en Pedro allí en el oscuro calabozo, entre los soldados, cargado de cadenas y vigilado por los guar­dias de la prisión. La noche casi ha pasado y aproxímase la mañana cuando habrás de ser llevada al patíbulo; y en tan tremendas circunstancias aún duermes—estás profundamente dormida en brazos del demonio, a la orilla del precipicio, en las garras de la eterna destrucción.

4. Que el ángel del Señor se acerque a ti y brille la luz en tu prisión. Que puedas sentir la mano fuerte del Señor que te levanta y su voz que te dice: “Cíñete, y átate tus sandalias…Rodéate tu ropa y sígueme.”

5. Despiértate, oh espíritu inmortal, de tu sueño de fe­licidad mundana. ¿No te creó Dios para El mismo? No podrás descansar sino hasta que descanses en El. Vuélvete ¡oh pobre descarriado! Apresúrate a entrar otra vez en tu arca. Este no es tu hogar. No pienses edificar aquí tabernáculos. No eres sino extranjero y peregrino sobre la tierra; la criatura de un día que se precipita a un estado inalterable. Apresúrate pues, que la eternidad se aproxima, la eternidad que depende de este momento, una eternidad de gozo o de sufrimiento.

6. ¿En qué estado se encuentra tu alma? Si Dios te pi­diese tu alma, mientras estoy hablando, ¿estaría lista para la muerte y el juicio? ¿Podrías presentarte ante Aquel que es demasiado “limpio…de ojos para ver el mal”? ¿Eres digno de “participar de la suerte de los santos en luz”? ¿Has peleado la buena batalla y guardado la fe? ¿Has recobrado la ima­gen de Dios en ti mismo, la virtud y verdadera santidad? ¿Te has quitado el hombre viejo y puesto el hombre nuevo? ¿Te has revestido de los méritos de Cristo?

7. ¿Tienes aceite en tu lámpara, gracia en tu corazón? ¿Amas al Señor “de todo tu corazón, y de toda tu alma...y de todo tu entendimiento”? ¿Tienes esa mente que es según la mente de Jesucristo? ¿Eres cristiano en realidad de verdad, es decir: una nueva criatura? ¿Han pasado las cosas viejas y han sido todas hechas nuevas?

8. ¿Eres “participante de la naturaleza divina”? ¿No sabes que Cristo está en ti a no ser que seas un réprobo, que Dios habita en ti y tú en Dios por medio de su Espíritu que te ha dado, que tu cuerpo “es templo del Espíritu Santo”? ¿Tienes testimonio en ti mismo, la señal de tu herencia? ¿Has “recibido el Espíritu Santo,” o te sorprende mi pregunta y contestas que ni siquiera sabes “si hay Espíritu Santo”?

9. Si acaso este lenguaje te ofendiere, sabe que no eres cristiano ni deseas serlo; que tu misma oración en pecado se convierte y que hoy día te has burlado de Dios muy solem­nemente, cuando oraste pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, al mismo tiempo que no creías se pudiese recibir tal cosa.

10. A pesar de esto, con la autoridad de la Palabra de Dios y de nuestra Iglesia, debo repetir la pregunta: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo?” Si no lo has recibido, aún no eres cristiano; porque cristiano sólo es el hombre que está un­gido del Espíritu Santo y de poder. Aun no eres participante de la religión pura y limpia. ¿Sabes qué cosa es la religión; qué es: participar de la naturaleza divina; la vida de Dios en el alma humana; tener a Cristo en el corazón; Cristo en ti, “la esperanza de gloria,” pureza y felicidad; el principio de la vida celestial en la tierra; el reino de Dios en ti; no la co­mida ni la bebida; no una cosa exterior, sino “justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” un reino eterno fundado en el alma; “la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento;” un “gozo inefable y glorificado”?

11. ¿Sabes tú que “en Cristo Jesús ni la circuncisión va­le algo, ni la incircuncisión; sino la fe que obra por la cari­dad,” la nueva creación? ¿Ves la necesidad de ese cambio in­terior, del nacimiento espiritual, de la vida de los que antes estaban muertos, de la santidad, y estás plenamente persua­dido de que sin ella ninguno verá al Señor? ¿Estás trabajando por obtenerla y hacer firme “tu vocación y elección,” ocu­pándote en tu salvación con temor y temblor, esforzándote a entrar por la puerta angosta? ¿Obras en conciencia res­pecto a tu alma y puedes decir al que escudriña los corazo­nes: Tú oh Dios, eres lo que mi corazón desea, Tú sabes to­das las cosas, Tú sabes que quiero amarte?

12. Abrigas la esperanza de ser salvo; pero ¿qué razón tienes para abrigar esa esperanza? ¿Porque no has hecho ningún mal o porque has hecho mucho bien? ¿Porque no eres co­mo otros hombres, sino instruido, sabio, honrado y moral, esti­mado de todos, y de buena reputación? ¡Ay! nada de esto te valdrá con Dios. Con El vale menos que nada. ¿Conoces al Señor Jesús a quien Dios mandó, y te ha enseñado que “por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe”? ¿Has reci­bido como la base de tu esperanza, esa palabra fiel de que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”? ¿Has aprendido lo que quiere decir: “No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento”? “No soy envia­do sino a las ovejas perdidas.” ¿Estás ya perdido, muerto, con­denado? El que tiene oídos para oír que oiga. ¿Sabes lo que mereces? ¿Conoces tus necesidades? ¿Eres pobre de espí­ritu y estás pidiendo a Dios y rehusándote a ser consolado? ¿Eres el hijo pródigo que “vuelve en sí” y se levanta arrepen­tido para ir a su padre? ¿Quieres vivir santamente en Cristo Jesús? ¿Sufres acaso alguna persecución por causa de El? ¿Dicen de ti los hombres toda clase de cosas malas falsamente y por causa del Hijo del hombre?

13. Ojalá y escuchaseis en todos estos asuntos la voz de Aquel que hace despertar a los muertos, y sintieseis el peso de su palabra capaz de desmenuzar las rocas. ¡Oh, si escuchaseis su voz hoy día, mientras es de día, y no endurecieseis vues­tros corazones! “Despiértate, tú que duermes,” en sueño es­piritual, no sea que duermas la muerte eterna. Considera lo desesperado de tu condición y “levántate de los muertos.” Deja a tus antiguos compañeros de pecado y miseria; sigue tú a Jesús y deja que los muertos entierren a sus muertos; sé salvo de esta perversa generación; sal de en medio de ellos, apártate y no toques lo inmundo, y el Señor te recibirá. Cris­to te dará la luz.

III. 1. Paso, por último, a explicar esta promesa. Y qué pensamiento tan consolador es éste: cualquiera que obedece su llamamiento y lo busca, no lo hará en vano. Si te despiertas y levantas aun de entre los muertos El te dará la luz como lo ha prometido. “Gracia y gloria dará Jehová;” la luz de su gracia aquí y la de gloria cuando recibas la corona que no se marchita jamás. “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver presto.” “Dios, que mandó que de las ti­nieblas resplandeciese la luz,” resplandecerá en tu corazón para tu “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” A los que temen al Señor, “nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salud” y en ese día se les dirá: “Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti,” porque Cristo en ellos se revelará y El es la verdadera luz.

2. Dios es luz y se revela a todo pecador que a sí mismo se despierta, que lo busca: serás, pues, un templo del Dios vi­viente y Cristo morará en tu corazón por medio de la fe, y arraigado y fundado en amor, podrás comprender bien con todos los santos, “cuál sea la anchura y la longura y la pro­fundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que ex­cede a todo conocimiento.”

3. He aquí vuestro llamamiento, hermanos míos. Esta­mos llamados a ser una habitación de Dios por medio de su Espíritu que, habitando en nosotros, nos hace aptos para par­ticipar de la suerte de los santos en luz. Tales son las promesas hechas a los que creen, supuesto que por medio de la fe “no­sotros hemos recibido, no el espíritu del mundo sino el Espí­ritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado.”

4. Es el Espíritu de Cristo el gran don de Dios que, de dis­tintas maneras y en diferentes lugares, ha prometido al hom­bre y dado abundantemente desde la época cuando Cristo fue glorificado. Esas promesas hechas a nuestros padres, ha cum­plido: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos” (Ezequiel 36:27). “Derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra árida: mi espí­ritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos” (Isaías 44:3).

5. Todos vosotros podéis ser testigos vivientes de estas cosas: de la remisión de los pecados y del don del Espíritu Santo. “Si puedes creer, al que cree, todo es posible.” ¿“Quién hay entre vosotros que teme a Jehová” y sin embargo, aún camina en las tinieblas y no tiene luz? Te pregunto en el nom­bre del Señor Jesús: ¿Crees que su brazo es tan poderoso co­mo siempre? ¿Que aún es “grande para salvar”? ¿que es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”? ¿que tiene poder sobre la tierra para perdonar pecados? “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.” Dios, por los méritos de Cristo, te ha per­donado. Recibe pues, este mensaje, no como la palabra del hombre, sino como la palabra de Dios; estás justificado ampliamente, por medio de la fe; de la misma manera que serás santificado y el Señor Jesús te sellará porque “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.”

6. Permitidme, hermanos y señores, que os hable con toda llaneza y recibid estas palabras de exhortación aun de uno que es de poca estima en la Iglesia. Movidas por el Espíri­tu Santo, vuestras conciencias os dan testimonio de que estas cosas son ciertas, si es que habéis probado la misericordia del Señor. “Esta empero, es la vida eterna: que conozcáis al solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual El ha enviado.” Esta ex­periencia personal, y sólo ella, constituye el verdadero cris­tianismo. Solamente es cristiano aquel que ha recibido el Es­píritu de Cristo, y el que no lo ha recibido, no es cristiano; porque no es posible haberlo recibido sin saberlo. “En aquel día,” dijo el Señor, “vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” Este es aquel “Es­píritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en vosotros” (Juan 14:17).

7. El mundo no lo puede recibir, sino que por completo rechaza la promesa del Padre, contradiciendo y blasfemando. Todo espíritu que no confiesa esto, no es de Dios. “Este es el espíritu del anticristo del cual vosotros habéis oído que ha de venir, y que ahora ya está en el mundo.” Quienquiera que niegue del Santo Espíritu la inspiración, o que la posesión de ese Espíritu sea la herencia común de todos los creyentes, la bendición del Evangelio, el don inestimable, la promesa universal, la piedra de toque de todo verdadero cristiano, es el anticristo.

8. De nada le sirve decir: No niego la ayuda del Espí­ritu de Dios, sino su inspiración, esta recepción del Espíritu Santo y el tener conciencia de su presencia; este sentir del Espíritu, el ser movido por El o estar lleno de El que no puede tener lugar en una religión sana. Pero con negar sólo esto, negáis todo: la inspiración de las Sagradas Escrituras; todas las verdades, promesas y testimonios de Dios.

9. Nada de esta infernal distinción sabe nuestra excelen­te iglesia; mas al contrario, habla muy claramente respecto al “sentir el Espíritu de Cristo,” de estar “movido por el Espí­ritu Santo,” “de saber que no hay otro nombre mas que el del Señor Jesús” para poder obtener vida y salvación. Nos enseña a pedir la “inspiración del Espíritu Santo” y aun “que seamos llenos del Espíritu Santo.” Todos sus presbíteros creen recibir el Espíritu Santo por medio de la imposición de ma­nos.[2] Por consiguiente, el negar cualquiera de estas cosas, es renunciar a la Iglesia Anglicana y a toda la revelación cris­tiana.

10. Pero “la sabiduría de Dios” ha sido siempre nece­dad para con los hombres, y no hay que admirarse de que los grandes misterios del Evangelio hayan sido “escondidos de los sabios y los prudentes” —lo mismo que en tiempos remotos— para que nieguen su eficacia casi universalmente, los ridiculi­cen y los consideren como una mera locura, de modo que a to­dos los que lo aceptan se les llama locos entusiastas. Esta es aquella apostasía general que había de venir; esa apostasía ge­neral de los hombres de todas clases y condiciones, que hoy día se dilata por toda la extensión de la tierra. “Discurrid por las plazas de Jerusalén, y mirad ahora, y sabed, y buscad en sus plazas si halláis hombre” que ame al Señor de todo su cora­zón y que lo sirva con toda su inteligencia. Nuestra patria, sin ir más lejos, está inundada de iniquidad. ¡Cuántas villanías cometen diariamente y con toda impunidad aquellos que ha­cen alarde y se glorían en sus crímenes! ¿ Quién podrá con­tar las blasfemias, maldiciones, juramentos, mentiras, calum­nias, detracciones, conversaciones mordaces; las veces que se peca quebrantando el día del Señor; las ofensas, la gula, la embriaguez, las venganzas, la lujuria, los adulterios, los pe­cados de la carne, los fraudes, las opresiones, las extorsiones que inundan el país entero como un diluvio?

11. Y aun entre aquellos que están libres de estas abo­minaciones ¡cuánto no hay de ira y orgullo, de pereza y flo­jera, de maneras afectadas y afeminadas, de amor a las como­didades y a sí mismo, de codicia y ambición! ¡qué deseo de las alabanzas de otros, qué apego al mundo, qué miedo al hombre! Y por otra parte, ¡qué pocos tienen verdadera religión! Por­que, ¿dónde está aquel que ama a Dios y a su prójimo como el Señor nos ha mandado? Por una parte vemos a unos que ni siquiera la forma de la religión tienen; por otra, a los que tan sólo ostentan la exterioridad. De un lado el sepulcro abierto, del otro el blanqueado; de manera que cualquiera persona que observase cuidadosamente alguna reunión numerosa (sin exceptuar nuestras congregaciones), vería muy fácilmen­te que “una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos;” la Primera ocupándose tan poco de la religión, como si no hu­biera ni “resurrección, ni ángel, ni espíritu;” y la otra convirtiéndola en mera forma inerte, en una serie de exterioridades y ceremonias sin la verdadera fe, el amor de Dios o el gozo del Espíritu Santo.

12. Pluguiese a Dios que nosotros los de este lugar fué­ramos la excepción. Hermanos, la voluntad de mi corazón y mi oración a Dios es para vuestra salud, que seáis salvos de este diluvio de iniquidades, que de aquí no pasen ya sus or­gullosas olas. Pero, ¿es esto un hecho? Dios lo sabe y vuestras conciencias os dicen que no es así. No os habéis guardado lim­pios. Corrompidos y abominables somos todos y pocos hay que tengan mejor entendimiento; muy pocos que adoren a Dios en espíritu y en verdad. Nosotros también somos “generación contumaz y rebelde;” generación que no apercibe su corazón, ni es fiel para con Dios su espíritu. El Señor nos había esco­gido para ser “la sal de la tierra; y si la sal se desvaneciere, no vale más para nada, sino para ser echada fuera y hollada de los hombres.”

13. “¿No había de hacer visitación sobre esto? dijo Je­hová. De una gente como ésta ¿no se había de vengar mi al­ma?” ¡Ay! no sabemos con qué presteza dirá a la espada, “Es­pada, pasa por mi tierra.” Mucho tiempo nos ha dado para arrepentimos; pero ahora nos despierta y amonesta con el trueno; sus castigos se están viendo en toda la tierra y pode­mos con razón, esperar que sobre nosotros caiga el peor de ellos; tal vez vendrá presto y quite nuestro candelero de su lugar, si no nos arrepentimos y hacemos nuestras primeras obras, si no volvemos a las enseñanzas de la época de la Re­forma, a la verdad y sencillez del Evangelio. Quién sabe si estemos resistiendo el último esfuerzo de la divina gracia pa­ra salvarnos; si habremos llenado la medida de nuestras ini­quidades al rechazar el mensaje de Dios en contra de noso­tros y al despedir a sus mensajeros.

14. Oh Señor, “en la ira acuérdate de la misericordia” y glorifícate en nuestra enmienda, no en nuestra destrucción. Permítenos oír “la vara y a quien la establece.” Ahora que tus juicios están en la tierra, permite que los moradores del mundo aprendan la justicia.

15. Hermanos, ya es tiempo de que nos despertemos de nuestro sueño, antes que suene la trompeta del Señor y nues­tra patria se convierta en un lago de sangre. Ojalá y veamos las cosas que son necesarias para nuestra paz antes de que se esconda de nuestra vista. “Vuélvenos, oh Dios, salud nuestra, y haz cesar tu ira de sobre nosotros; mira desde el cielo, y con­sidera, y visita esta viña y haznos saber el día de nuestra visi­tación.” “Ayúdanos, oh Dios, salud nuestra, por la gloria de tu nombre: y líbranos, y aplácate sobre nuestros pecados por amor de tu nombre.” “Así no nos volveremos de ti: vida nos darás, e invocaremos tu nombre. Oh Jehová, Dios de los ejér­citos, haznos tornar; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.”

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mu­cho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, por la potencia que obra en nosotros, a él sea gloria en la Igle­sia por Cristo Jesús, por todas las edades del siglo de los siglos. Amén.” Arriba

--------------------------------------------------------------------------------
[1] Predicado el domingo 4 de abril de 1742 ante la Universidad de Oxford.

[2] Esta doctrina es la de la Iglesia Anglicana y no la de la Iglesia del Nazareno o de la Iglesia Metodista.

ESTUDIOS WESLEYANOS
Wesley sobre la Depresión Nerviosa

CARTAS - T.II, p. 171

A Alexander Knox
Londres, 23 de diciembre de 1779 (Wesley tenía 76 años)

Estimado Alleck:
Todo lo que usted todavía dice de sí mismo me convence más y más de lo que una vez observé con relación a la naturaleza de su problema. Es innegable:

(1). Que tiene una enfermedad corporal. Sus nervios están grandemente alterados; y a pesar de que es solamente de vez en cuando que sus nervios se alteran tanto que ocasionan un ataque, sin embargo tienen una influencia constante sobre usted que le produce una depresión. Esta depresión suya no es un pecado como tampoco es el fluir de la sangre por sus venas.

(2). Aunque no diría que usted no tiene fe, sin embargo es cierto que su fe es pequeña; y que tiene miedo, porque su fe es pequeña: esta es otra fuente de su inestabilidad.

(3). Usted necesita que el amor de Dios sea derramado en abundancia sobre su corazón. Y solamente de vez en cuando usted tiene un poco de agradecimiento, y una chispa pequeña de ese fuego divino; el resultado natural es la ira, o por lo menos el mal humor y la terquedad. Añada a éstas la causa principal:

(4). Una fuerza diabólica. Seguramente Satanás se aprovechará de la ocasión, de la situación en que usted se encuentra, para sugerirle mil pensamientos; y luego acusarle de ellos. Pero él, no usted, responderá a Dios por ellos. Dios está de su lado. Él sabe de qué está usted hecho; y Jesús cuida de usted. Él le cuida a usted y a mi estimada Sra. Knox como a la niña de sus ojos; su Espíritu suple a sus debilidades. Él le está purificando en ese horno; y cuando haya sido probado, saldrá como el oro. Espere la bendición: ¿no está a la mano?

Quedo, mi estimado Alleck,

Afectuosamente,
Juan Wesley Arriba

ESPIRITUALIDAD
AMOR DIVINO

Vivir en contacto con el Espíritu divino nos permite ver la luz del amor en todos los seres humanos. Esa luz es una fuerza vital capaz de traernos la resurrección. Una cultura que está muerta para amar sólo puede resucitar mediante el despertar espiritual. A primera vista, se diría que la cultura occidental se ha dejado llevar por el individualismo secular -cuyos dioses mellizos son el dinero y el poder- hasta tal punto que parece haber renunciado a la vida espiritual. Sin embargo, una abrumadora mayoría que abraza la fe, ya sea cristiana, judaica, musulmana, budista u otras, cree de todo corazón que la vida espiritual es importante. La crisis existencial no parece deberse a la falta de interés en la espiritualidad. Sin embargo, las poderosas fuerzas del materialismo y el consumismo hedonista desbancan muchas veces dicho interés.

En la conclusión de la lúcida obra El arte de amar, un texto que pese a haber sido escrito a mediados de los cincuenta no ha perdido vigencia, el sicoanalista Erich Fromm recalca con valentía que "el principio inherente a una sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles". Al respecto sostiene que "Una burocracia compuesta por políticos profesionales gobierna nuestra sociedad; a la gente se la motiva mediante la sugestión de masas impulsándola a producir y a consumir más como fines en sí mismos" El empeño de nuestra sociedad por inculcarnos la necesidad de un consumo sin fin desvía la atención de las ansias espirituales. Nos bombardean sin cesar con mensajes de que el bienestar material puede satisfacer todas nuestras necesidades

. A medida que las ansias de posesión se intensifican, crece también el vacío espiritual. Como estamos vacíos espiritualmente, tratamos de llenar ese hueco consumiendo. Quizá no tengamos mucho amor, pero siempre podemos comprar.

El ansia espiritual nace de una conciencia profunda de las carencias emocionales que sufrimos. Es una reacción ante el desamor.

Los usos incorrectos de la espiritualidad y la fe religiosas podrían llevarnos a renunciar a la vida espiritual si, al mismo tiempo, no fuéramos testigos de un interés genuino por un despertar espiritual con raíces contraculturales.

En la recopilación de sermones de Martín Luther King titulada La fuerza de ama el tema principal de aquellas charlas era el elogio del amor como fuerza espiritual que une y vincula la vida en su totalidad.

Sus ensayos abogaban por la vida espiritual y criticaban el capitalismo, el materialismo y el uso de la violencia, cuyo fin era imponer la explotación y la deshumanización. En una conferencia de 1967 contra la guerra, King declaró: "Cuando hablo de amor no estoy hablando de una reacción débil y sentimental. Estoy hablando de esa fuerza que todas las grandes religiones han considerado el principio supremo unificador de la vida. El amor es la llave que abre la puerta de la realidad última". Esa creencia, hindú, musulmana, cristiana, judía y budista sobre la realidad última está sintetizada con belleza en la epístola primera de san Juan: "Amémonos los unos a los otros, porque Dios es amor. Y todo aquel que así ama es hijo de Dios y conoce a Dios." A lo largo de toda su vida, King fue un profeta del amor. Como pensador e investigador religiosos, centró su atención en la práctica del amor como sistema para alcanzar la plenitud espiritual.

Al elogiar el poder transformador del amor en su ensayo "Amor y necesidad", Merton escribe: "El amor es, de hecho, una forma de engrandecer la vida, una plenitud, una totalidad, una realización de la vida...La vida se ve ennobleciendo hasta alcanzar su máximo apogeo, un punto culminante de valor y significado, en el cual se hacen realidad todas sus posibilidades creativas y la persona se supera a sí misma en el contacto, intercambio y comunión con los demás. Para eso venimos al mundo: para experimentar esa comunión y trascendencia con respecto a uno mismo. No somos seres humanos completos hasta que no nos entregamos los unos a los otros con amor." Las enseñanzas del amor impartidas por Fromm, King y Merton difieren mucho de las de la literatura actual. Sus obras siempre hacen hincapié en el amor como la fuerza activa que debería conducirnos a una comunión mayor con el mundo. En sus trabajos, la práctica del amor no tiene como único objetivo obtener mayor satisfacción individual; se la ensalza como el medio principal para acabar con la dominación y la opresión. Esta importante politización del amor está a menudo ausente en la literatura actual.

Parker Palmer escribe: "Estar plenamente vivo es actuar...Entiendo la acción como un modo de crear co-realidad con otros seres y el Espíritu […] La acción, como un sacramento, es la forma visible de un espíritu invisible, una manifestación exterior de un poder interior. Sin embargo, al actuar, no sólo expresamos lo que hay dentro de nosotros y ayudamos a modelar el mundo; también recibimos lo que está fuera y transformamos nuestro yo interior".

El compromiso con la vida espiritual nos exige algo más que leer un buen libro u optar por un retiro tranquilo. Requiere una práctica consciente, la voluntad de que nuestra manera de pensar y de actuar vayan unidas.

La vida espiritual consiste, ante todo, en el compromiso con un sistema de pensamiento y de comportamiento que honre los principios del ser interior y de la interacción con el mundo. La sensación interior, presente en cada cual, de que en nuestra vida hay una dimensión misteriosa, donde las fuerzas que se encuentran más allá de los deseos o la voluntad humanos alteran las circunstancias y/o nos guían y nos dirigen.

Cuando decidimos llevar una vida llena de espíritu, reconocemos y loamos la presencia de una energía trascendente. A esta presencia la llamamos alma, Dios, el Amado, la conciencia superior o el poder supremo.

Comprometerse con la vida espiritual requiere, necesariamente, adoptar el principio eterno de que el amor lo es todo, nuestro verdadero destino.

A pesar de la abrumadora presión que padecemos para que nos amoldemos a la cultura del desamor, seguimos buscando el amor. Esta búsqueda es en sí misma la manifestación del Espíritu divino.

En la cultura contemporánea abunda un siniestro nihilismo que no respeta fronteras de raza, clase, condición sexual ni nacionalidad y que en cierto momento de la vida nos afecta a todos. Las personas se dejan llevar a veces por sentimientos de tristeza y desesperación ante el estado del mundo. Ya sea la presencia constante, a escala mundial, de la barbarie en forma de guerras, hambre y muerte por inanición, o de la violencia en la vida cotidiana, ya sea la aparición de enfermedades mortales que acaban con la vida de amigos, compañeros y seres queridos, hay muchas cosas capaces de llevar a cualquiera al borde de la desesperación.

Conocer el amor o alimentar la esperanza de llegar a conocerlo nos salva de caer en el abismo del desaliento. En Camino con corazón, Jack Kornfield afirma: "El deseo de amar y el impulso del amor están en el fondo de todas nuestras actividades."

La espiritualidad y la vida espiritual nos proporcionan la fuerza para amar. Es raro que un individuo decida vivir en el espíritu -una vida que honra las dimensiones sagradas de la vida cotidiana- si no ha tenido contacto con pensamientos o prácticas religiosas tradicionales.

Los maestros espirituales, pastores, sacerdotes, son importantes guías capaces de provocar una catálisis necesaria para nuestro despertar espiritual. Otra fuente de crecimiento espiritual son la comunión y el sentimiento de hermandad con almas afines. Los buscadores espirituales dejan que brille su luz no sólo para que otros los vean predicar con el ejemplo sino para recordarse a sí mismos constantemente que la espiritualidad es más grande cuando queda plasmada en nuestros actos, en nuestra manera de ser.

Jack Kornfield lo explica con agudeza: "Cualquier aprendizaje espiritual será vano si no sabemos amar. Incluso los estados más exaltados y los logros espirituales más extraordinarios carecen de importancia si no sabemos ser felices con las cosas de cada día, si no podemos vincularnos con los demás y con el don de la vida con el corazón. Lo que importa es cómo vivimos."

Para muchos de nosotros, la iglesia fue el lugar donde oímos por primera vez un planteamiento distinto del amor, uno que difería de los mensajes confusos aprendidos de pronto en nuestras familias. Las dimensiones místicas de la fe cristiana (la creencia de que todos somos uno, de que el amor lo es todo) dan a entender que hay posibilidad de redención. También que los niños ocupan un lugar especial en el corazón y el pensamiento del Espíritu divino.

Epístola primera a los Corintios, "el capítulo del amor":
"Cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres y el lenguaje de los ángeles mismos, si no tuviera amor, vendría a ser como un metal que suena, o campana que repica. Y cuando tuviera el don de profecía y penetrase todos los misterios y poseyese todas las ciencias; cuando tuviera toda la fe posible, de manera que trasladase de una a otra parte los montes, no teniendo caridad, no sería nada. Si renunciara a todo lo que tengo e hiciera entrega de mi cuerpo a la hoguera, no teniendo amor, no conseguiría nada." La sabiduría que transmite impide que se endurezca el corazón. Permanecer abierto al amor es crucial. Cuando el entorno en el que se vive y que se conoce más íntimamente no valora el amor, una vida espiritual proporciona un lugar de solaz y renovación.

Cuando empezamos a experimentar lo sagrado en nuestra vida diaria, emprendemos las tareas mundanas con un grado de concentración y dedicación que nos levanta el ánimo. Reconocemos el espíritu divino en todas partes.

Mucha gente recurre al pensamiento espiritual sólo cuando atraviesa dificultades, con la esperanza de que la tristeza o el dolor desaparezcan por arte de magia. Por lo general, descubren que, si se acepta y abraza el lugar donde se localiza el sufrimiento, donde tenemos el espíritu herido, él se convierte también en un lugar de paz lleno de posibilidades.

El sufrimiento no cesa por arte de magia; en cambio, con prudencia, podemos reciclarlo como en un proceso alquimista. Se convierte en la energía sobrante que usamos para hacer posible un ulterior crecimiento. Por eso las sagradas escrituras nos advierten; "Celebrad […] todas las pruebas que se os presenten". Aprender a aceptar el sufrimiento es uno de los dones que nos ofrece la vida y la práctica espiritual.

Cuando nos comprometemos a permanecer en contacto con las fuerzas divinas que modelan nuestro mundo exterior e interior, estamos escogiendo llevar una vida en el espíritu. El contacto con otras personas que buscan la verdad proporciona una inspiración fundamental

Cada cual debe escoger el trabajo espiritual que mejor se adapte a su vida. Por eso las personas progresistas que buscan la verdad insisten en que seamos tolerantes y nos recuerdan que, aunque los caminos son muchos, todos formamos una gran comunidad de amor.

El despertar cultural que poco a poco se está produciendo llegará a ser algo más generalizado cuando nos decidamos a prescindir de los tabúes culturales dominantes que acalla o anulan la necesidad de un trabajo espiritual. Durante mucho tiempo, muchos de mis amigos y colegas no tenían ni idea de que yo me había embarcado en el trabajo espiritual. Entre los pensadores y eruditos se aceptaba mejor y tendía más a expresar sentimientos ateos que declarar una fuerte devoción por el espíritu divino. Tampoco quería que, si me ponía a hablar de mis creencias espirituales, los demás pensaran que pretendía convertirlos, imponerles de algún modo aquellas ideas.

Empecé a hablar más abiertamente del lugar que ocupaba la espiritualidad en mi vida cuando reparé en la desesperación de mis alumnos, en su desmotivación, en su miedo a que la vida no tuviera sentido, en su profunda soledad y su sentimiento de desamor. Cuando estudiantes jóvenes, inteligentes y guapos iban a mi despacho y confesaban su desaliento, me parecía una irresponsabilidad limitarme a escucharlos y a compadecer sus desdichas sin atreverme a contarles que durante mi vida yo me había entrenado a situaciones parecidas. A menudo me preguntaban de dónde sacaba mi alegría de vivir. Si quería ser sincera, tenía que estar dispuesta a hablar sin tapujos de la vida espiritual. Además, debía encontrar una manera de explicar mi opción sin dar a entender que ésta era la más conveniente para todos.

La creencia de que Dios es amor-de que el amor lo es todo, nuestro verdadero destino-me da fuerzas. Ratifico esa fe a través de la oración y la meditación diarias, la contemplación y la entrega a los demás, mediante la religión y la bondad.

En la introducción de Amor incondicional, Sharon Salzberg dice que Buda describía el trabajo espiritual como "la liberación del corazón, que es amor". También nos apremia recordar que el trabajo espiritual ayuda a vencer la sensación de aislamiento, que "destapa el corazón dichoso y radiante que hay dentro de cada cual y manifiesta su resplandor al mundo". Todas las personas necesitan estar en contacto con los menesteres de su espíritu. Esta necesidad de conexión nos impulsa hacia el despertar espiritual: el amor. En las escrituras de san Juan, un pasaje nos recuerda que "el que no ama queda en la muerte". Todo despertar al amor es un despertar espiritual.

El compromiso con una ética del amor transforma nuestra existencia al ofrecernos un sistema de valores distinto. A pequeña y gran escala, tomamos decisiones basados en la creencia de que la sinceridad, la franqueza y la integridad personal tienen que expresarse en las decisiones públicas y privadas.

Al vivir conforme a una ética del amor, aprendemos a valorar la lealtad y la responsabilidad para con los vínculos existentes en detrimento de la prosperidad económica. El triunfo profesional y el dinero siguen siendo importantes, pero nunca tienen prioridad sobre la mejora de la vida humana y el bienestar.

Cuando actuamos sin ética y adoptamos conductas que rebajan nuestro espíritu y deshumanizan a los demás, el alma siente esa carencia. […]

Hay una separación entre los valores que dicen apoyar y la voluntad de unir pensamiento y acción, teoría y práctica, para plasmar esos valores y así crear una sociedad más justa. Negarse a defender las propias creencias desvirtúa la ética tanto personal como social. No es de extrañar pues que, en nuestra sociedad, la mayoría de la gente, por encima de la raza, la clase social o el sexo, afirme ser religiosa, afirme creer en el poder divino del amor y, sin embargo, como colectivo, sea incapaz de adoptar una ética del amor y dejar que ésta guíe su comportamiento, sobre todo si hacerlo significa secundar un cambio radical.

La fe nos permite superar los miedos. Podemos recuperar nuestra fe colectiva en el poder transformador del amor fomentando la valentía, la fuerza para defender nuestras creencias, para ser responsables de palabra y de obra.

Le tengo un cariño especial a un pasaje bíblico de la Epístola Primera de san Juan, que nos dice: "En el amor no hay temor; antes el perfecto amor echa fuera el temor servil, porque el temor tiene pena; y así el que teme no es perfecto en el amor" […] Me llamaba la atención del uso repetido de la palabra "perfecto". ....y encontré una definición que hacía hincapié en la voluntad de "perfeccionar".

De repente, el pasaje cobró sentido. El amor como un proceso de perfeccionamiento, como algo que debe ser transmutado en un proceso alquimista conforme cambia de estadio, es ese amor perfecto que puede acabar con el miedo. Cuando amamos, el miedo nos abandona indefectiblemente. Para recibir ese don, primero debemos comprender que "en el amor no hay temor". […] Las culturas de dominación fomentan el miedo como sistema de asegurarse obediencia […] El miedo constituye el pila principal de las estructuras de dominación. Fomenta la alineación, el deseo de pasar desapercibidos. Cuando aprendemos que la seguridad radica en la uniformidad, la diferencia de cualquier tipo se ve como una amenaza. No obstante, si optamos por amar, escogemos dar la cara al miedo: nos enfrentamos a la alineación y al distanciamiento. La elección de amar implica comunicarse: encontrarse a uno mismo con el otro.

Como muchos de nosotros somos presa del miedo, sólo podemos acercarnos a la ética del amor por un proceso de transformación "una voluntad de transformación nos devuelve la esperanza". "El nihilismo no se supera mediante discusiones o análisis, se domina a través del amor y la atención. Cualquier dolencia del alma se superará mediante la transformación del alma. Esta transformación se consigue reafirmando la propia valía; una afirmación que alimenta el interés por los demás.". […]

Si toda la política social se inspirara en el espíritu del amor, no tendríamos que preocuparnos por el desempleo, la falta de hogar, el fracaso escolar o la adicción.[…] Arriba

Tomado de textos de la autora Bell Hooks

¿Cómo Dios cambió

la Iglesia a través de

 Juan Wesley?

¿Cuáles son las grandes contribuciones de Juan Wesley al cristianismo? ¿Qué hizo Dios a través de él? ¿Cuál fue el estado de salud de la Iglesia durante el tiempo de Juan Wesley, los años fenomenales del siglo XVIII? Una de las cosas más sorprendentes acerca de Wesley en que nos fijamos es su mucha actividad. Pocas personas jamás logran lo que él logró. Un escritor sugirió que “ningún evangelista cristiano desde Pablo, Lutero, y Calvino podría revisar su vida y ver más resultados concretos de su ministerio que Wesley.”

Otro escritor observó que con la excepción de algunos individuos en los esferas de la política, la ciencia y los militares, Juan Wesley ha recibido más atención biográfica que cualquier otro inglés de su siglo. El teólogo metodista Albert Outler notó que los logros fenomenales de Wesley surgieron de la obscuridad y el fracaso. Observó que si Juan Wesley hubiera muerto antes de cumplir 36 años (el 17 de junio de 1739, doce meses después de la experiencia de Aldersgate), su nombre no habría merecido ni una nota al pie de la página en los libros de historia. Ya para la primavera de 1739 Wesley había fracasado como maestro y había ganado una reputación de ser un poco chiflado. Había sido líder de una sociedad religiosa en Oxford, de otra en Georgia, y de todavía otra en Londres, con ningún efecto visible ni permanente. Había publicado un manifiesto teológico que no había llamado la atención. No tenía una base de poder. Tenía prácticamente nada que lucir por sus 36 años de diligencia noble. Es verdaderamente de asombrar que solamente diez años después Juan Wesley era la “cabeza” del movimiento más eficaz en la Inglaterra del siglo XVIII.

Una vida de consagración e impacto

Wesley se levantaba a las 4:00 a.m. todos los días y era extremadamente eficiente durante las 18 horas del día. Anduvo montado en caballo más de 400,000 km y probablemente conocía Inglaterra mejor que cualquier otra persona de ese siglo. Es notable que Juan Wesley siguió viajando en caballo hasta los 70 años, recorriendo entre 6,000 y 8,000 km al año y hasta 130 kilómetros en un día. Se dice que Wesley pasó más tiempo montado en caballo que cualquier otro hombre, incluso a Napoleón y César. Para Wesley la silla de montar se hizo una silla de biblioteca. En marzo de 1770, Wesley escribió ”Hace casi 30 años, me puse a pensar, ¿Cómo es que ningún caballo se tropieza mientras estoy leyendo? He leído historia, poesía y filosofía mientras andaba en caballo. Le tiro las riendas a su espalda y me pongo a leer. Afirmo que en más de 160,000 km. casi no puedo recordar que cayera un caballo (menos dos que caían siempre) o que se tropezara mientras yo andaba con riendas sueltas Sólo en los últimos años de su vida dejó el caballo para andar en carruaje.

.

Los grandes auditorios

Se cree que Juan Wesley predicó en 40,000 oportunidades. Generalmente predicaba hasta cinco veces al día. Igualmente asombroso es el número de personas a quienes Wesley predicó. El 21 de septiembre de 1773 predicó a unos 32,000 personas en un anfiteatro natural al aire libre conocido como Gwennap Pit.

Wesley escribió 233 libros. En el tiempo de Wesley, las ideas pertenecían más al mundo que a individuos; y era aceptable usar mucho material de otros autores, entonces algunos de sus libros se podrían llamar más bien revisiones de las obras de otros. Sin embargo, es un logro asombroso. Era tan fiel en mantener su diario personal que es posible trazar casi exactamente lo que hizo cada día de su vida – las ciudades donde predicó, los temas de sus sermones y hasta las conversaciones que tuvo con sus amigos.

Cada miembro un ministro.

La vida de Wesley era mucho más que mera actividad. Logró algo profundo. Una de sus innovaciones más asombrosas fue su uso de los laicos para el ministerio. Desde nuestra perspectiva, es difícil comprender qué radical y singular era esto. Historiadores de la iglesia han notado que lo que hizo Wesley era revolucionario. Era inconcebible que los laicos se involucraran en un ministerio de significancia, y de hecho Wesley tal vez no habría usado a predicadores laicos si no fuera por el número enorme de convertidos y la renuencia de los clérigos de ayudar a entrenarlos. El movimiento Metodista creció bajo el liderazgo de sus predicadores laicos hasta que para cuando murió Wesley, la membresía alcanzó 120,000. Otro escritor ha sugerido que si se incluían los adherentes del metodismo, el número que seguía a Wesley habría acercado a un millón. Con un movimiento tan grande y el apoyo de tan pocos clérigos anglicanos, Wesley necesitaba desesperadamente, y sucedió en entrenar, un enorme ejército de obreros laicos. Entrenó más de 600 predicadores laicos itinerantes. Además había muchos predicadores locales. Los predicadores locales no viajaban sino supervisaba en su respectiva aldea. En 1850, solamente 60 años después de la muerte de Wesley, había más de 20,000 predicadores locales. Además de estas dos categorías, había una tercera, la de los líderes de clase. Había aproximadamente un líder de clase para cada 10 metodistas. Algunos escritores creen que había hasta 25,000 personas haciendo este ministerio. Además de predicadores laicos, predicadores locales, y líderes de clase, había mayordomos, exhortadores, y otras posiciones de ministerio. La opinión alta que Wesley tenía del papel de los laicos era sin precedente en toda la historia de la Iglesia.

Uno de los dones más destacado de Wesley era la habilidad de duplicarse. De todos los predicadores laicos que entrenó, ninguno se comparaba a Francis Asbury (1745-1816), quien fue enviado por Wesley en 1771, a la edad de 26 años, de Bristol, Inglaterra, a Filadelfia. Aunque el metodismo había llegado al Nuevo Mundo varios años antes, Asbury es la razón primordial por el crecimiento explosivo del metodismo en esa nación recién formada. Sus estadísticas son casi tan impactantes como las de Wesley. Viajó constantemente en caballo durante cuatro décadas y media. Predicó 16,000 sermones. Realmente no tenía un hogar, por lo cual les dijo a sus compatriotas en Inglaterra que dirigieran sus carta simplemente: “Francis Asbury, en América”! Y, dado su fama, las cartas dirigidas así probablemente le llegaron. Su habilidad viva de comprender el Nuevo Mundo, algo que Wesley nunca logró, hizo a Asbury el hombre perfecto para América. Como el primer obispo del metodismo en América, es responsable por la expansión rápida del evangelio en las colonias y más adelante en la nueva nación.

La pasión por la evangelización.

Otra área en que Wesley tuvo un impacto profundo en el cristianismo era su perspectiva del evangelismo. La doctrina de la expiación universal de Cristo, el hecho de que Cristo murió por todos, era una idea dramática y profundamente libertadora para cristianos muy impactados por el calvinismo. Validó a personas quienes de otra manera temblarían de miedo, creyéndose fuera de los elegidos. ¡Tal vez Cristo muriera por ellos! Esta idea les dio validez a personas que antes se habían sentido sin valor.

Una organización ejemplar

La cuarta manera mayor en que Dios usó a Juan Wesley fue a través de su éxito en mantener y preservar a convertidos. Los escritores sobre este tema frecuentemente contrastan a Juan Wesley con George Whitefield, otro gran evangelista. Whitefield predicó a multitudes tan grandes como las de Wesley, sin embargo pocas personas se consideraban seguidores de Whitefield después de que murió. ¿Cuál fue la diferencia? Sencillamente fue el genio de organización que tenía Wesley. Whitefield no tenía un gran ejército de laicos. No tenía líderes de clase velando por la vida espiritual de diez individuos. Estos elementos organizacionales únicos del metodismo lo capacitaron para sostener, alimentar, y mantener un gran movimiento.

Vida de santidad

Una quinta manera en que Dios cambió profundamente la Iglesia a través de Wesley fue por su llamado a la santidad. Wesley no creía que uno debía entrar a hurtadillas por los portones del cristianismo mientras continuaba pecando. Un cristianismo pecador no era parte de su entendimiento de la verdad bíblica. Llamaba a creyentes a vivir en perfección cristiana, a madurarse y crecer. De hecho, si no lo hacían, a veces fueron reprendidos. En las reuniones de clase que se hacían semanalmente, el líder de clase se ponía de pie y hacía la pregunta, “¿Cómo le va con su alma?” Cada persona tenía que ser brutalmente honesta y explicar cómo le iba en su crecimiento espiritual. Este tipo de honestidad y de dar cuentas, aumentado por la expectación de que uno sí podía tener motivos puros, hizo que la santidad fuera el clamor del corazón de muchos de los seguidores de Juan Wesley.

Una fe de los sectores populares

Una sexta manera profunda en que Dios impacto la Iglesia por medio de Wesley fue la validación de las clases socioeconómicas más bajas. Aunque muchos ricos siguieron a Wesley, la mayoría de sus convertidos eran pobres. Su presentación del evangelio les dio un sentido de esperanza y de valor. El hecho de que ellos podían llevar un papel de responsabilidad (tal como líder de clase, predicador local, o predicador laico) les dio oportunidades de desarrollarse en maneras que la cultura contemporánea no les permitía. La evidencia muestra que los que se entrenaron para ser líderes de clase y predicadores locales ganaron tanta confianza en su habilidades organizacionales para movilizar a otros que otras generaciones de ellos se hicieron líderes de sindicatos de trabajadores, organizados al nivel local. La presentación poderosa y emocional del evangelio que daba Wesley captó el corazón de las clases bajas y resultó en una transformación completa de la nación.

La reforma social estaba íntimamente asociada con esta confianza. Wesley dijo que no había otra santidad que no fuera santidad social, queriendo decir simplemente que la santidad se extiende por toda la cultura. Por la influencia del gran movimiento wesleyano, las condiciones de una nación cambiaron. Se instituyeron leyes acerca del labor de niños lo cual llevó a un fin el abuso de los niños. Wesley tenía una influencia importante con un miembro del parlamento, William Wilburforce, quien casi por sí solo logró el fin de la esclavitud en él impero británico entero. El énfasis del metodismo en la santidad salvó matrimonios y unió familias. El resultado fue la transformación de una nación.

Cualquier que mire la Inglaterra de los años 1700 y vea el trabajo de Juan Wesley, este santo incansable y apasionante de Dios, estará de acuerdo que la Iglesia de Jesucristo estaba viva y saludable. Una Iglesia saludable era y todavía es el gran plan de Dios para preservar cualquier cosa de valor dentro de la civilización. La Iglesia - el Pueblo de Dios - la “sal” de la vida cotidiana es el único plan de Dios para salvar la civilización.

Pastor Rubén Amestoy

Iglesia Evangélica Metodista Argentina
Iglesia del Camino
J. L de Cabrera 755
Alta Córdoba

Arriba

Juan Wesley a los 48 años

Historia de la vida de Juan Wesley

Samuel Wesley

Capítulo XX: Juan Wesley nació el diecisiete de junio de 1703, en Epworth, Inglaterra, el decimoquinto de diecinueve hijos de Samuel y Susana Wesley. El padre de Wesley [derecho] era predicador, y la madre de Wesley era una mujer notable en cuanto a sabiduría e inteligencia. Era una mujer de profunda piedad y crió a sus pequeños en estrecho contacto con las historias de la Biblia, contándolas ya alrededor del hogar de la habitación de los niños. También solía vestir a los niños con sus mejores ropas los días en que tenían el privilegio de aprender su alfabeto como introducción a la lectura de las Sagradas Escrituras.

   El joven Wesley era apuesto y varonil, y le encantaban los juegos y en particular el baile. En Oxford fue un líder, y durante la última parte de su estancia allí fue uno de los fundadores del "Santo Club," una organización de estudiantes serios. Su naturaleza religiosa se profundizó con el estudio y la experiencia, pero no fue hasta años después de dejar la universidad y entrar bajo la influencia de los escritos de Lutero que sintió haber entrado en las plenas riquezas del Evangelio.

John Wesley y Conde  Zinzendorf

   Juan Wesley y Conde Nicholas Ludwig von Zinzendorf

   El y su hermano Carlos fueron enviados a Georgia por la Sociedad para la Propagación del Evangelio, y allí los dos desarrollaron sus capacidades como predicadores. Durante su navegación se encontraron en compañía de varios Hermanos Moravos, miembros de la asociación recientemente renovada por la actividad del Conde Zinzendorf. Juan Wesley observó en su diario que en una gran tempestad, cuando todos los ingleses a bordo perdieron enteramente la com­postura, estos alemanes lo impresionaron con su calma y total resignación a Dios. También observó la humildad de ellos bajo tratos insultantes.

   Fue al volver a Inglaterra que entró en aquellas mas profundas experiencias y que desarrolló aquellos maravillosos poderes como predicador popular, que le hicieron un líder nacional. En aquel tiempo se asoció asimismo con George Whitefield, de fama imperecedera por su maravillosa elocuencia.

   Lo que llevó a cabo bordea en lo increíble. Al entrar en su año octogésimo quinto, le dio las gracias a Dios por ser casi tan vigoroso como siempre. Lo adscribía en la voluntad de Dios, al hecho dc que siempre había dormido profundamente a que se había levantado durante sesenta años a las cuatro de la mañana y que por cincuenta años predicó cada mañana a las cinco. Apenas en su vida sintió algún dolor, resquemor o ansiedad. Predicaba dos veces al día, y a menudo tres y cuatro veces. Se ha estimado que cada año viajó cuatro mil quinientas millas inglesas, la mayoría a lomo de caballos.

   Los éxitos logrados por la predicación Metodista tuvieron que ser alcanzados a través de una larga serie de años, y entre las mas acerbas persecuciones. En casi todas las partes de Inglaterra se vio enfrentado al principio por el populacho que le apedreaba, y con intentos de herirle y matarle. Sólo en ocasiones hubo intervenciones de la autoridad civil. Los dos Wesleys se enfrentaron a todos estos peligros con un asombroso valor, y con una serenidad igualmente asombrosa. Lo más irritante era el amontonamiento de calumnias e insultos de parte de los escritores de aquella época. Estos libros están totalmente olvidados.

   Wesley había sido, en su juventud, un eclesiástico de la iglesia alta, y siempre estuvo profundamente adherido a la Comunión Establecida. Cuando vio necesario ordenar predicadores, se hizo inevitable la separación de sus seguidores de la iglesia oficial. Pronto recibieron el nombre de "Metodistas" debido a la peculiar capacidad organizativa de su líder y a los ingeniosos métodos que aplicaba.

   La comunión Wesleyana, que después de su muerte creció hasta constituir la gran Iglesia Metodista, se caracterizaba por una perfección organizativa casi militar. Toda la dirección de su denominación siempre en crecimiento descansaba sobre el mismo Wesley. La conferencia anual, establecida en 1744, adquirió un poder de gobierno sólo a la muerte de Wesley. Carlos Wesley hizo un servicio incalculable a la sociedad con sus himnos. Introdujeron una nueva era a la himnología de la Iglesia de Inglaterra. Juan Wesley dividió sus días entre su trabajo de dirigir a la Iglesia, su estudio (porque era un lector incansable), a viajar, y a predicar. Wesley era incansable en sus esfuerzos por diseminar conocimientos útiles a través de su denominación. Planificó la cultura intelectual de sus predicadores itinerantes y maestros locales, y para escuelas de instrucción para los futuros maestros de la Iglesia. El mismo preparó libros para su uso popular acerca de historia universal, historia de la Iglesia, e historia natural. En esto Wesley fue un apóstol de la unión de la cultura intelectual con la vida cristiana. Publicó también los más madurados de sus sermones y varias obras teológicas. Todo esto, tanto por su profundidad y penetración mental, como por su pureza y precisión de estilo, excitan nuestra admiración. Juan Wesley era persona de estatura ordinaria, pero de noble presencia. Sus rasgos eran muy apuestos, incluso en su ancianidad. Tenía una frente ancha, nariz aquilina, ojos claros y una complexión lozana. Sus modales eran corteses, y cuando estaba en compañía de gentes cristianas se mostraba relajado. Los rasgos más destacados de su carácter eran su amor persistente y laborioso por las almas de los hombres, la firmeza, y la tranquilidad de espíritu. Incluso en controversias doctrinales exhibía la mayor calma. Era amable y muy generoso. Ya se ha mencionado su gran laboriosidad. Se calcula que en los últimos cincuenta y dos años de su vida predicó más de cuarenta mil sermones. Wesley trajo a pecadores al arrepentimiento en tres reinos y dos hemisferios. Fue obispo de una diócesis sin comparación con ninguna de la Iglesia Oriental u Occidental. ¿Qué hay en el ámbito de los esfuerzos cristianos -misiones foráneas, misiones interiores, tratados y literatura cristiana, predicación de campo, predicación itinerante, estudios bíblicos y lo que sea que no filera intentado por Juan Wesley, que no fuera abarcado por su poderosa mente mediante la ayuda de su Divino Conductor?

   A él le fue concedido avivar la Iglesia de Inglaterra cuando había perdido de vista a Cristo el Redentor, llevándola a una renovada vida cristiana. Al predicar la justificación y renovación del alma por medio de la fe en Cristo, levantó a muchos de las clases más humildes de la nación inglesa desde su enorme ignorancia y malos hábitos, transformándolos en cristianos fervorosos y fieles. Sus infatigables esfuerzos se hicieron sentir no sólo en Inglaterra, sino también en América y en la Europa continental. No sólo se deben al Metodismo casi todo el celo existente en Inglaterra por la verdad y vida cristiana, sino que la actividad agitada en otras partes de la Europa Protestante podemos remontarla, indirectamente al menos, a Wesley.

   Murió en 1791, después de una larga vida de incesantes labores y de desprendido servicio. Su ferviente espíritu y cordial hermandad siguen sobreviviendo en el cuerpo que mantiene afectuosamente su nombre.  Arriba

Juan Wesley:
"Salvando a una nación entera"

Dios salvó a Gran Bretaña del caos social y político en el siglo XVIII por medio de un avivamiento espiritual. El usó a dos jóvenes predicadores y evangelistas dedicados a su causa para el bien de la nación y para su gloria. Ellos fueron Jorge Whitefield y el famoso Juan Wesley.

No hemos de pensar que porque estos jóvenes estudiantes universitarios sugieron en el terreno evangelístico, Inglaterra era ya un país cristiano. Para nada. Una nación perdida El desorden moral imperaba al comenzar el año 1700. La nación estaba al borde de la desintegración moral. Los vicios de la época eran obvios a todo el mundo; el descaro era uno de ellos. El Primer Ministro de la nación vivía en adulterio abierto. Así le daba un mísero ejemplo a la familia y a la juventud de su día. El teatro estaba totalmente falto de pudor; la literatura era de tinte pornográfico, el alcoholismo reinaba, y los juegos de azar empobrecían a los obreros. "La sociedad en esos días era un vasto casino", escribía el historiador Trevelyan. Las estadísticas de los crímenes y la violencia escalaban alarmantemente; las prisiones estaban recargadas de reclusos, y pandillas juveniles rondaban por las calles de las ciudades asaltando a ciudadanos indefensos. En contra de toda moralidad

¿Por qué tal decadencia moral y social? Inglaterra había tenido su oportunidad espiritual, pero la generación previa a Juan Wesley se había tornado cínica, indiferente, escéptica a Dios y a la Biblia. "El clima no era a favor de nada, pero sí en contra de todo lo sagrado y lo bueno entre nosotros", escribió el obispo anglicano de Bristol en 1751. Otro escritor decía: "Entre la gente culta y los dirigentes de la nación, ni uno en cien parece actuar de acuerdo a los principios religiosos. La mayoría los descarta enteramente, y confiesa no creer en la revelación de Dios. No es mejor la situación entre el vulgo, particularmente en las poblaciones grandes". "Entre la mayoría de los hombres de hoy, está de moda el declararse ajenos a toda religión", dijo un parlamentario de la época. ¡Inglaterra necesitaba un poderoso impacto cristiano! ¡La vida moral había descendido al abismo!

"Extrañamente conmovido" La pasión evangelizadora de Juan Wesley se encendió la noche en que nació otra vez, y quedó para siempre grabada en su ser. Vez tras vez hacía referencia a aquel momento. ¿Cómo ocurrió? Martín Böhler, más joven que los hermanos Juan y Carlos Wesley, fue el instrumento de Dios para ayudarlos a nacer otra vez. Böhler era alemán, del grupo llamado "los moravos". El estaba convencido de que los Wesley, aunque sinceros, dedicados y sacrificados, no eran aún hijos de Dios. Martín Böhler argumentó con ellos. Como testimonio les presentó a cuatro personas recientemente convertidos cuya transformación era dramática y discutió las grandes doctrinas de la salvación. Pero Juan y Carlos se resistían. Persistían en la triste y común noción de que hay que hacer obras de caridad y amor para estar en la gracia de Dios.

La noche del 24 de mayo de 1738, escuchando la lectura de un comentario escrito por el reformador Martín Lutero, la vida de Juan Wesley cambió para siempre. En sus propias palabras: "Sentí que mi corazón fue extrañamente conmovido, que confiaba en Cristo, y en El únicamente para mi salvación, y me fue otorgada una certeza a mí de que El había llevado y quitado mis pecados; sí, los míos, y que me había salvado a mí de la ley del pecado y la muerte". Quizá Böhler nunca soñó que esos jóvenes hermanos que él llevó a los pies del Maestro, llegarían a ser hombres de Dios que ganarían a miles y miles para Cristo. "Soy un tizón arrebatado del fuego" -repetía Juan Wesley insistentemente- y la llama encendida en su alma lo movilizaría para encender llamas multiplicadas en un despertar moral y espiritual casi sin paralelos en la historia.

El impacto de ese avivamiento cambió el curso de la historia, aunque en aquel momento aún no se percibía tal cambio. "¡Quiero reformar la nación!" Inmediatamente después de su nuevo nacimiento, Wesley se lanzó a la tarea de evangelizar a toda la nación. El escribió: "Quiero reformar a la nación; particularmente a la iglesia, y quiero esparcir una santidad escritural sobre todo el país". ¡Qué grandioso objetivo! Aparentemente, sin embargo, era un plan imposible, pero nunca se dio por vencido. En otra ocasión afirmó: "Tengo un solo punto de vista, el promover en cuanto me sea posible una religión vital, práctica, y por la gracia de Dios preservar e incrementar su vida en el alma de los hombres". Juan Wesley fue lo que Dios quiso que fuera; primordialmente y sobre todo, un gran evangelista.

Wesley sacudió a su primera congregación inmediatamente después de haber recibido a Cristo. El tema de su primer mensaje fue "La salvación por fe". De esa manera, a la edad de 34 años, dio el trompetazo que inauguró el gran avivamiento evangélico del siglo XVIII en Inglaterra y que luego se esparció por todo el mundo conocido. ¿Necesitaba la iglesia tal renovación espiritual? Lamentablemente sí. Los predicadores carecían de ardor y pasión por las almas. "Sus sermones eran secos, metódicos y sin emoción. Entregaban con calma insípida sus mecánicas composiciones", declaró un historiador. Con razón Wesley ansiaba un avivamiento en la iglesia.

La pasión dominante El Dr. Campbell Morgan afirma en uno de sus libros: "La indiferencia en el mundo es mayormente el resultado de falta de pasión en el púlpito". A Whitefield y Wesley no les faltaba pasión. Uno de los biógrafos del evangelista dice: "No bastaba deplorar la condición de su era; el moralismo enfermizo del púlpito de aquellos días tenía que ser reemplazado por una apasionada proclamación de la verdad cristiana evangélica dondequiera que hombres y mujeres la escucharan, sin hacer caso de los formalismos eclesiásticos". Y este siervo de Dios era apasionado por los que vivían sin Cristo y sin esperanza y les predicaba la redención por la sangre de la cruz. No deploró, sino que atacó Otro historiador afirmó: "Wesley no perdía su tiempo deplorando los males de su época; los atacó predicando el arrepentimiento y la conversión a Dios". El sabía que la única esperanza del corazón corrompido es un nuevo nacimiento. Como la historia siempre lo demuestra, fueron las masas de obreros, campesinos y mineros los primeros en responder al evangelio en aquellos días gloriosos. Ni bien Juan Wesley comenzó con la proclamación valiente y vibrante de que "todo aquél que en El cree tiene vida eterna", se vio despreciado por los dirigentes eclesiásticos y puerta tras puerta se fue cerrando para él en los púlpitos. En lugar de encontrar amigos, éstos se tornaban en enemigos porque muchos de los que dominaban los púlpitos, indudablemente no conocían por sí mismos al Hijo de Dios como Señor y Salvador.

Luego llegó el momento decisivo. Su amigo Jorge Whitefield le escribió desde Bristol, en el oeste de Inglaterra. Con la humildad que le caracterizaba, Whitefield dijo: "Yo soy un neófito; tú eres íntimo a las grandes cosas de Dios. Ven, te ruego; ven pronto". Quería que Wesley tuviera el placer y la inmensa satisfacción de predicar a las multitudes reunidas al aire libre. Whitefield ya había abierto la brecha. En esos días estaba predicando a 20.000 personas cada día del mes. Un fuego ya inextinguible Predicar al aire libre era una novedad en aquellos tiempos. Wesley, siempre cuidadoso de la etiqueta, el decoro y la corrección, sintió timidez ante tal sorprendente perspectiva. Whitefield lo presentó ante una multitud y su texto bíblico aquel primer día resultó ser profético. Comenzó con Is. 61:1-2: "El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado para predicar Buenas Nuevas a los abatidos".

Y así fue, ya que empezó a predicar las buenas nuevas a los pobres y así continuó durante más de 50 años, profundamente consciente de su debilidad pero raramente incitado, a menudo bajo tensiones pero siempre seguro sobre un fundamento firme. "El fuego se ha encendido en la nación -clamó Whitefield- y sé que todos los demonios del infierno no lo podrán apagar".

Campaña de cincuenta años Wesley iniciaba ahora una campaña de alcance nacional y hasta internacional. "¡Todo el mundo es mi parroquia!" respondió con resonante firmeza a un obispo que lo criticaba incesantemente. Dios tenía una labor de evangelista itinerante para él, y Wesley la aceptó con entusiasmo. El se consideraba un sencillo predicador vocero de las Buenas Nuevas a una generación necesitada y decadente. "Dios en la Escritura me ordena que, según mis fuerzas, instruya a los ignorantes, reforme a los malvados, confirme a los virtuosos", decía en una de sus innumerables cartas. "Los hombres me prohíben predicar en sus parroquias. ¿A quién, pues, escucharé? ¿a Dios o al hombre?" Nos hace pensar en lo que ocurrió con San Pedro cuando tuvo que responder a los líderes de Jerusalem diciendo: "Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios" (Hch. 4:19). Y San Pablo dijo: "Porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!" (1 Co. 9:16). Con tales palabras se lanzó Wesley.

Juan Telford declara: "Deliberadamente dio sus años a la gente humilde. Pasó sus días entre los pobres. El se propuso atraer las masas a Cristo, y a ese fin fue fiel por más de medio siglo". A los 82 años de edad Juan Wesley pudo afirmar que el número de los que fueron llevados a Dios por el evangelio durante el avivamiento, había sido mayor que el de cualquier época similar después de la de los apóstoles.

Tantos viajes, tantas luchas El plan que delineaba Juan Wesley cada año para sus labores, era sistemático y siempre guiado por el Espíritu Santo. Salía en viajes misioneros a través de su nación con objetivos bien marcados y rutas detalladamente planeadas ante Dios. "Dondequiera que vea unos mil hombres que corren hacia el infierno, los detendré si lo puedo hacer, y como ministro de Cristo les rogaré en su nombre que se vuelvan y se reconcilien con Dios", le respondió a un crítico. Y luego, en una nota de 'sarcasmo santificado' para con su acusador, agregó: "Si yo no los frenara, si dejara que uno solo cayera al pozo cuando pudiera haberlo salvado del eterno fuego, no creo que Dios aceptaría mi ruego en aquel día final: '¡Es que, Señor, el difunto no pertenecía a mi parroquia!'" ¿Dieron resultado tantos viajes, luchas, ataques, burlas y violencia física a manos tanto de la chusma como también de personas distinguidas? ¿Permanecían firmes muchos de los que se convertían en sus campañas y reuniones masivas? Juan Wesley respondía con un resonante: "¡Sí!" Al concluir su vida, había en Inglaterra, (sin contar Irlanda, Gales, América y otros países) 72.000 que firmemente y fielmente caminaban en la nueva vida con Cristo, y eran miembros activos de una congregación local.

¡Qué ritmo agotador llevaba! Wesley cubrió unos 400.000 kilómetros, distancia semejante a 10 vueltas del globo por el ecuador, la mayor parte a caballo. Bajo lluvias torrenciales, en los inclementes inviernos británicos con nieve y escarcha, una tremenda potencia interna lo llevaba siempre adelante. Predicó 40.000 sermones y escribió más de 200 libros, muchos de ellos al marchar sobre su caballo. ¡Por cierto que fue un hombre con una pasión que lo consumía por el bien de los demás!

Compañeros de viaje Wesley siempre viajaba acompañado por otros hermanos en la fe. De esta manera entrenaba, capacitaba y enseñaba a los centenares de predicadores que surgieron tras él. La mayoría eran jóvenes recién casados. Al igual que San Pablo y el Señor Jesús en sus tres años de ministerio terrenal, trabajaban en equipo. Repetidamente exhortaba a sus predicadores con estas palabras: "No tenéis otra cosa que hacer sino salvar almas; por consiguiente, emplead vuestro tiempo y gastad vuestras energías en esa obra. Lo que os debe preocupar no es el predicar muchas veces, sino el salvar a tantas almas como os sea posible, y hacer todo lo que esté a vuestro alcance para edificarlos en la santidad sin la cual ninguno verá al Señor". Con tal espíritu, ¡con razón la nación fue sacudida!

El mensaje de Wesley ¿Cuál fue el gran mensaje que salvó a Inglaterra y reformó a la iglesia inglesa? La proclamación inequívoca, persistente, apasionada y llena del Espíritu Santo de las verdades básicas de la Biblia: el arrepentimiento y la fe en nuestro Señor Jesucristo. También la conversión, el nuevo nacimiento en el Espíritu, controlada por Cristo quien mora en el corazón del cristiano por la fe. Wesley enfatizaba la santidad escritural como lo hicieran San Pedro (1 P. 1) y San Pablo (1 Ts. 4 y 5). La santidad no era mera doctrina para él, ni su amor un mero modo de vivir; eran el único camino a la madurez y la estabilidad cristiana. Juan Wesley también amaba a la niñez, se adaptaba a sus demandas y a la situación de su día para alcanzarla con el mensaje de la vida eterna. Otra acusación debió soportar Wesley provino de un obispo anglicano a cuya denominación Wesley perteneció hasta su muerte. Este religioso le echaba en cara que "invadía parroquias que no le pertenecían y que hacerlo era falta de cortesía, desobediencia y aún era proselitismo, pues eso era robar ovejas ajenas". "Nuestro objetivo -replicó firmemente Wesley- es el proselitismo pecadores al arrepentimiento, hacer de los siervos del diablo siervos de Dios". No le resultó fácil ser un evangelista viajero, pero su satisfacción fue ver hombres y familias transformadas y saber que estaba cumpliendo con el ministerio que recibió del Señor. Dispuesto a ser "más vil" ¿Le resultó fácil su insistente e incontenible evangelismo? Decididamente no. Tuvo enemigos, soportó ataques verbales y escritos; el cinismo de los pseudointelectuales de su día le carcomía el alma. Gran parte de sus escritos fueron resultado de provocaciones y nacieron para demostrar "con pruebas indubitables" el poder transformador del sencillo evengelio. Una acusación favorita contra Wesley era que había demasiado "entusiasmo" en sus reuniones de predicación y oración. El Dr. Joseph Trapp, un sacerdote anglicano de Londres, tuvo la audacia de escribir: "No vayan tras estos impostores y seductores. Huid de ellos como de una plaga". ¡Qué dolor oír tal falsedad de la pluma de un supuesto colega en el ministerio! Los métodos empleados por Juan Wesley fueron asimismo objeto de burla y "profundísimos análisis sicológicos". Lo llamaban "vil" por predicar a los pobres en sus barrios y cantar y predicar al aire libre en parques, esquinas y terrenos baldíos. En una palabra, por usar métodos novedosos. Ante tales difamaciones, Wesley respondió: "Estoy dispuesto y me someto a ser aun más vil y a ser necio por amor a Cristo". En su libro 'Apelando a los hombres de razón y religión' escrito en 1745 afirmó: "Yo no tenía otro fin sino éste: salvar a cuantas almas me fuera posible".

Seis mil himnos de avivamiento Rápidamente su hermano Carlos se tornó en el músico de las grandes campañas nacionales. Se afirma que escribió la letra y música de más de 6500 himnos evangélicos. Y una característica de aquel despertar espiritual fue tanto su música como su predicación. Carlos y Juan Wesley usaban música y letra con el definido y jamás ocultado propósito de enseñar. El músico inglés Graham Kendrick ha dicho: "Las páginas de la historia revelan que de todos los grandes avivamientos surgen creaciones musicales inspiradas por Dios. La historia moderna confirma tal experiencia". El mismo ha sido usado por el Espíritu Santo en este aspecto. Muchos de sus himnos y coros inspirados en el campo de acción evangelístico, son hoy conocidos en gran parte del continente americano.

El cuidado de los bebés espirituales Un evangelista pronto descubre que llevar almas a Cristo es un llamado glorioso, pero que es tan sólo el primer paso. La nueva criatura debe madurar. "¿Quién cuidó de ellos en amor? ¿Quién se preocupó por su crecimiento en la gracia?" Así clamaba Juan Wesley. Su pasión era lógica, que cada uno de sus niños espirituales llegaran a ser hombres y mujeres maduros. Los nuevos convertidos y los jóvenes predicadores que querían seguir sus pisadas necesitaban auxilio inmediato. Wesley los reunía en grupos después de predicar; su plan de conservación demandaba una disciplina que él consideraba indispensable y bíblica. "Cuerpo y alma hacen al hombre", -argumentaba- "el Espíritu y la disciplina hacen al cristiano". Dios guió a Juan Wesley a desarrollar una organización altamente detallista para cuidar de los recién convertidos. A los 60 años, después de visitar una población donde nada se organizó para disciplinar a los convertidos y consecuentemente éstos se desbandaron y enfriaron, Wesley escribió: "Me convencí más que nunca de que predicar como un apóstol, sin paralelamente unir y entrenar en los caminos de Dios a los nuevos, es meramente dar a luz hijos para entregárselos al asesino, o sea, al diablo". Los indisciplinados entre nosotros no tendrían cabida en una sociedad de los tiempos de este avivamiento. Si alguno de los escritores modernos trataran a sus hijos físicos como pretenden cuidar de los bebés espirituales, estarían presos por negligencia criminal. Los llamaron "Metodistas" Wesley era tan metódico, organizado y disciplinado, que burlonamente tanto a él como a sus seguidores, los apodaron "Metodistas". Más tarde ellos mismos se apropiaron del apodo con sano orgullo. Juan Wesley era metódico al buscar el lugar desde el cual predicar. Visitaba el terreno, observaba la dirección del viento, buscaba un lugar elevado para proclamar el evangelio. Su impaciencia era notoria cuando el programa se llevaba a cabo en una sala pequeña o mal ventilada, o situada en algún rincón oscuro de la población. El buscaba las multitudes; le desagradaban los rincones escondidos.

El historiador Wood afirma tras laboriosa investigación que Wesley tenía un solo propósito con sus 'sociedades metodistas': el cuidado de las almas, el cultivo de la vida de Dios en los recién convertidos. En su día, la Iglesia Anglicana su propia denominación y los pastores de la misma, estaban dormidos. Nada les interesaba la condición moral y espiritual de la comunidad. Vivían existencias materialistas y egoístas. Hay evidencia que Wesley, al formar estas sociedades, clases bíblicas o células, tenía en mente despertar en la Iglesia Anglicana una sana envidia que la reformara y movilizara.

Nunca fue su intención establecer otra denominación más. Más tarde ello resultó inevitable. "No existimos para formar una nueva secta sino para reformar a la nación y en particular a la iglesia, y para esparcir la santidad escritural en toda la tierra", escribió. Y agregó: "Los Metodistas deben esparcir vida entre todas las denominaciones" y luego lacónicamente continuó "hasta que ellos mismos se tornen una secta separada". El mismo clamor ¡Qué visión le impartió Dios! ¡Qué poder y unción del Espíritu Santo! El y sus discípulos fueron hombres ordinarios usados en proporción extraordinaria. Se afirma con toda propiedad aún por historiadores no cristianos que este avivamiento salvó a Inglaterra de una revolución sangrienta y destructiva. Gracias a ese gran despertar espiritual y moral, años más tarde la Palabra de Dios llegó también a países latinoamericanos. El impacto tuvo repercusiones internacionales.

La evangelización del mundo entero en nuestro día, comenzó en esas raíces vivientes y vigorosas. Wesley y sus discípulos eran evangelistas y estimulaban a otros a que también lo fueran. Ganaban almas, las reunían, las alimentaban y pronto las capacitaban para que fueran asimismo ganadoras de almas. El clamor de Juan Wesley allá por el año 1758, es el clamor que este rápido vistazo a la vida de este hombre de Dios trae a mis labios: "¡Qué Dios nos mande obreros dispuestos a gastar y gastarse por sus hermanos!" Arriba

George Cambell Morgan (1863-1945), gran predicador y escritor inglés. Comenzó a predicar a la edad de 13 años. Fue pastor de Westminister Chapel en Londrés por 23 años.

Por Luis Palau

Contador de Visitas